jueves, 5 de enero de 2017

CALLEJAS DEL ALBAYZÍN. MARÍA LA MIEL


                                                Cuesta de María la Miel. Óleo sobre lienzo. (46x33). José Medina
                      
                  La calle estrecha se retorcía en requiebros de esquinas que saben y guardan mucho del pasado, de chiflos a media noche de serenos que, entre las tinieblas que emanan de farolas mortecinas, son el terror de los niños que no  quieren echarse en manos de efebo; de palabras amorosas en la reja del carmen,

         cuyos barrotes impiden el contacto de los enamorados; de jovenzuelos que corren a deshoras realizando tropelías, rompiendo farolas, para dar mayor intensidad a los amores escondidos en la oscuridad de las callejas; de luz y colorido durante el día del sol, que se agarra a la fachada encalada de la casa, para hacerle resaltar con más resplandeciente fulgor la belleza cegadora del enjalbegado, 

                                        El sol, en su despedida, deja el color rosado en la cal de las paredes
      
     a regañadientes se retira en los atardeceres, para dejarle el color rosado como recuerdo en su despedida.
                         
                                                    Las callejas se deslizan por el pecho del otero
                
                Las callejas albaicineras son collares, que se deslizan por el pecho del otero, en el que hollaron numerosas generaciones, repletos de gemas engarzada: perlas níveas anacaradas como las de Manacor, casas blanqueadas por la diestra mano de sus moradores, con variaciones de verdes esmeraldas y turquesas, asomándose por los tapiales de sus cármenes, entre el verde esmeralda de los cipreses que miran al cielo, a modo de lanzas que quieren clavarse en la infinitud del espacio; 

                                            La voz del muecín, sustituida por el bronce de las campanas de las iglesias
       
       verdes turquesas de las enredaderas que se dejan caer por el tapial; el rojo topacio de sus mezquitas acampanadas, del sol que las acaricias en los atardeceres, con sonidos timbre de bronce, que han sustituido la voz misteriosa del muecín, por la esquila, llamando a los feligreses a la oración. 


                                             El sonido de la campana sustituye la voz del muecín       
               Caminar por el Albayzín es como deslizarse por el pecho de una bella mujer, sus empinadas callejas entrecruzadas serpentean por la inclinada superficie de su colina.

                                                    Las Bernardas y sus ricos dulces
                       
               Se respira una atmósfera especial, olor a jazmines, galanes y pastelitos de Belén del Convento de las Bernardas, oraciones silenciosas que salen por las celosías de los conventos, toques a maitines, o al Ángelus, el sonido de una guitarra que te llega desde un rincón escondido, o el ajetreo bullicioso del mercadillo de Plaza Larga.



                                                     Mercadillo de Plaza Larga

        La belleza de una colina prototipo de la belleza de la mujer albaicinera, con atractivo físico y sensual, 


      reflejado en la diversidad del entramado de sus callejas, que se le enredan realzando su cuerpo, de sus miradores con panorámicas que enaltecen el espíritu, y pequeñas placitas donde descansa el que discurre por ellas, para descubrir el misterio y la magia que encierran.

                                                    La magia de la pequeña placeta de Carvajales
               
             Pero también existe la vil y cruel mano del esbirro que quiere ultrajar esta belleza, con injurias e improperios, clavándole el puñal sanguinario de los grafitis, queriendo e intentando ultrajar, degradar tanta armonía, encanto y “fermosura”, son los pintarrajos, mamarrachos y grafotes llegados de “Vandalia”.
   

             Un nuevo año ha comenzado, he subido a mi querido barrio del Albayzín, porque me atraía beber el sabor de sus angostillos, que en el mutismo de sus paredes continuamente están hablando, el perfume de sus cármenes, el lenguaje de sus gentes, porque el Albayzín no solo es “Graná” sino que es mucho más. A un albaicinero se le puede detestar perfectamente su procedencia, dentro de la ciudad, y en cualquier otro lugar.

                                                       "Voy a bajá allábajos"
                     
               Desde el más culto e ilustrado, licenciado, catedrático, maestro, o simple trabajador, tiene unas características especiales, en su forma de hablar, de manifestarse, que es la coraza que le cubre, es la portavoz más preclara de su procedencia. Se siente "granaíno", y al mismo tiempo tiene expresiones que denotan que está por encima, cuando para ir al centro de la ciudad dice: "voy a bajá allábajos".

                                                            Mi amigo Arturo Fernández, gran cantaor 
                     
                 El verdadero albayzinero, porque no creas lector, que toda la gente que vive en este arrabal son auténticos albayzineros. Hay mucha gente que han establecido allí su existencia y de albaicinero no tienen absolutamente nada.

                                             Rafael Delgado Calvo-Flores, amigo albaicinero, Catedrático 
                                                                                      de la Universidad de Granada

                   El genuino, que porta el pedigrí auténtico, por desgracia ya van quedando menos, es: sarcástico, mordaz, satírico, generoso, solidario, comunicativo, hospitalario, generoso, noble, sociable, artesano y enormemente trabajador y sacrificado.


                Verbigracia: para manifestar una expresión, muy común, cuando no se quiere que se haga algo por las consecuencias funestas que pueda tener, el albaicinero es tajante, no se anda con remilgos, y te lo suelta en una parrafada, que para muchos puede ser escandalosa, vergonzosa e incluso, yo diría humillante, pero él la deja caer y se queda tan tranquilo: “Déjate de pollas, no vayamos a pollas”.  Me pregunto: ¿Entrará esta expresión en el argot de la “Malafollá granaína? 
           Los adelantos han llegado a tales extremos que la "malafollá" se puede comprar embotellada.. 
                    


             Pero bueno, no vaya a creer, mi querido lector, que esto es lo común, lo general en el léxico albaicinero, esto es solo una excepción, que puede mostrar una faceta del amplio y mordaz carácter que posee.

                                                        El zoco de la Caldelería. 


                  Caminaba por la Medina, -después de dejar atrás Plaza Nueva y Calle de Elvira- establecida aquí últimamente desde Marruecos, la Caldelería, con sus teterías, olor a pieles de bolsos, sabor a dulces hechos a base de higos y mezcla de frutos secos, chilabas y otras vestimentas donde ya,
           


      hace tiempo, no suena el golpeteo de los fabricantes de calderas, o el olor de los diversos puestos de verduras y frutas de épocas pasadas, enfilaba la Cuesta de San Gregorio,



                                                              La Cruz  Verde
     
          Placeta de la Cruz Verde, donde diariamente se recrea la vista de sus vecinos  contemplando la Torre de la Vela, que continuamente se asoma  para saludarlos. 




              Comenzaba a subir por la Cuesta de María de la Miel, cuando mis pensamientos se trasladaron a otras fechas del pasado.

                                                         Cuesta de María de la Miel

             Veo a mis amigos Álvaro y Cándido Rancaño Lasso de la Vega, hijos de famoso Catedrático, de la Universidad de Granada, D. Adolfo Rancaño, en la puerta de su Carmen, después de los saludos correspondientes, de tantos años de ausencia de nuestra época de bachilleres, me invitan a entrar.

                                                       Carmen del Albayzín


               El Carmen se engalana con las mejores esencias y perfumes de sus plantas: jazmines, celindos, galanes de noche, altos cipreses, petunias, enredaderas, plantas trepadoras que intentan escaparse por el tapial. Allá al fondo veo, sentada sobre el brocal del pozo, a María, sí, María de la Miel, que me invita a refrescarme con el agua de la cisterna.

                                                     María la Miel en el brocal del pozo.


               Acércate conmigo al pozo, tomaremos un poco de agua de la que nos ofrece María y volemos con las alas de  nuestra imaginación al año 1478, la época del infortunado Muley Hacen, que se negaba a pagar los tributos acordados, mientras tanto, los Reyes de Castilla y Aragón se iban apoderando de las importantes plazas de los árabes.

                                               
                    Los moros, en sus esporádicas correrías, al mando de su rey, por el reino cristiano, sorprendieron una noche a la villa de Zahara, pasaron a cuchillo a la mayor parte de sus habitantes, cogieron prisioneros a los que quedaron con vida, y fueron transportados a Granada, para que los hombres sirviesen como esclavos en las construcciones, y las mujeres animaran con su belleza el serrallo.

                                                           El serrallo
                    
                Entre la hermosura, encanto y belleza, de estas prisioneras se encontraba María de Hinojosa, hija de un capitán cristiano y prometida, hacía tiempo, al alférez Fadrique de Saavedra.

                                                               María de Hinojosa
                       
                 La belleza de la joven trastornó los sentidos del feroz sarraceno. Se propuso hacerla su esclava favorita, y no escaseó medio alguno para lograr sus amores.
                María, insensible a los halagos del feroz muslín, pasaba día y noche llorando su desventura, o rezando porque la Virgen la sacara de aquel cautiverio, se viese libre de su dueño y perseguidor, y pudiese ser esposa, si aún vivía, de su adorado amante.

                                                          El sultán Salem Alhamar
               
          Aquí, en este carmen, donde nos encontramos, tú que te has atrevido a acompañarme y yo, moraba la infeliz doncella. Allí la visitaba, el sultán y después de mil ofrecimientos de amor, llegó Salem Alhamar, a prometer a María, hasta que se haría cristiano a cambio de poseer su corazón. Pero ella, insensible a aquella pasión oriental, le confesó que no podía amar más que al que hacía tiempo había elegido su corazón.

                                       El harén del sultán Salen Alhamar, donde quiso enrolar a María la Miel
              
                 Tales palabras trastornaron el juicio de su altanero señor. Le dio un solo día de plazo para lograr su caprichoso empeño, con la amenaza de engrosar al día siguiente su harén, sin predilecciones de ninguna especie, y dispuesta a ser vendida en el mercado público.


              Noche mortal de angustia y llantos pasó la cristiana. Pero disfrutando aún de libertad, voló por los jardines, en busca quizá de la dicha que había perdido.
               Yo, incauto de mí, sorprendido, la veo deambular de un sitio para otro, intento acercarme para consolarla, pero la sombra misteriosa de su imagen se me escapa.

                                                      María cogió el ramo que le arrojó su prometido
                    
               No obstante la veo coger un ramo de flores que, en estos momentos, ha sido arrojado desde la tapia, con un pergamino donde D. Fadrique le prometía salvarla.
                Los ojos se le abrieron de tal manera que parecían salírsele de sus órbitas, el rostro le cambió de color y un suspiro de alivio, pero al mismo tiempo de incertidumbre, surgió de su boca.
                Al día siguiente, allá en el mismo jardín el sarraceno fue a reclamar su presa; más ella le rechazó con fuerte ira, y siendo perseguida fue a arrojarse al aljibe que había en el fondo del jardín, en aquel momento una mano hercúlea la detuvo, y solo cayó al pozo el ramo de jazmines que recibiera de su prometido.
              
                                                                Feliz encuentro
           
            En aquel momento el árabe se sintió fascinado, un vapor misterioso lo envolvió, quedó hipnotizado, cuando volvió en sí, no vio más a María, que arrebatada por D. Fadrique, que había penetrado en el jardín disfrazado de moro, huyó de aquel sitio, siendo más tarde feliz con sus amores, en la ciudad de Antequera, no pudiendo olvidar a Granada, donde tanto había sufrido.

                                      Los enamorados, a galope,  montados a caballo marcharon a Antequera
                                                 Estado actual del aljibe de María la Miel
               
                  El aljibe de este Carmen, conserva desde entonces un dulce sabor, cisterna a la que los árabes le llamaban aabsagial, aljibe dulce, nosotros le seguimos llamando Aljibe de la Miel, y a esta calle, Cuesta de María la Miel.
               María, antes de marcharse con su amado y estando todavía bajo el sopor de mi alocada imaginación, me ofreció un vaso de agua de esta rica agua, que degusté con delirio saboreando el agradable dulzor a jazmín.

                                                       Bebí el agua dulce del pozo de María la Miel
                     
                 Alvaro y Cándido mis dos amigos me despidieron con un fuerte abrazo, más observé en ellos, un gesto raro de extrañeza al contemplar mi estado durante todo el tiempo que permanecí en el jardín.

                                                          Cuesta de María de la Miel
                  
                "Querido lector, si algún día pasas por esta calle, no se te olvide preguntar por el pozo de María de la Miel, beberte un vaso de esta deliciosa agua, que te trasladará al mejor paraíso de las ilusiones y los ensueños".
                   
                    Mi agradecimiento a D. Pablo Navarro Fuentes, dueño del Carmen de Nuestra Señora de las Angustias, que gentilmente me ha dado la oportunidad de entrar en su propiedad, sacar fotos y vídeos y llegar al aljibe de María de la Miel, que como le sucede a todos los restantes aljibes del Albayzín, dejaron de cumplir su funcionalidad, que durante muchos años hicieron.
                                                         
                                                          José Medina Villalba

                   Datos históricos. El antiguo aljibe o cisterna de la Miel, se encuentra hoy en el interior del Carmen de Nuestra Señora de las Angustias. Se trata de un depósito de una capacidad de veintisiete metros cúbicos, de planta rectangular, dividida en dos tramos, cubiertos por bóveda de cañón.

                Te dejo alguna instantáneas y vídeos, realizadas en una soleada mañana de enero del 2017.


                                                 FOTOS Y VÍDEOS






















































                                                             José Medina Villalba

jueves, 29 de diciembre de 2016

LOS GANCHOS



                                                                        Los ganchos

                ¡Hijo, ves “aca” la vecina que te deje los ganchos, se le ha roto la cuerda al acetre!
                
                                             Albayzineras sacando agua de un aljibe
            
                 En el Albayzín, el barrio por antonomasia más legendario, donde dejaron su vestigio la serie de pueblos que por aquí pasaron y hollaron, dejando la marca indeleble de su existencia, esta frase con la que doy comienzo a este relato, era bastante común entre los habitantes de este mítico arrabal.



               El vocablo gancho, palabra que corresponde al título de esta narración, tiene varias acepciones: la revista infantil, llamada “El  Gancho”, con chistes, información de actualidad y vídeos divertidos.
              Gancho, puede ser el garfio del pirata “Pata Palo”, o el garabato, que se utiliza para traer las ramas lejanas de la higuera, cuando se quieren coger los higos donde no alcanzan las manos, o el anzuelo que porta la carnaza para atrapar a los peces, o el bichero que sirve de gancho al trilero para engañar a los ávidos por saber dónde está la bolita que pasa de un vaso a otro.
              Y el más afectivo y sentimental, el gancho del amor.


                Podría seguir utilizando la palabra gancho en otra serie de aplicaciones, pero me quiero centrar en aquel que fue un instrumento de gran utilidad en las casas de vecinos, donde existía un pozo o aljibe, e incluso y con gran frecuencia en los depósitos de agua que existían en el Albayzín.

                                                 Aljibe de la Plaza del Salvador de la época Nazarí
                   
                 No se podría entender éste mítico barrio sin sus aljibes, esos que cantaron en sus odas poetas, que llevaron a sus lienzos los pintores, que sirvieron de tertulia a las vecinas para traer, a colación diaria, las noticias del barrio, que fueron testigos de numerosas discusiones y peleas en las colas, para sacar el agua de cada uno de los numerosos que existen en el mundialmente conocido Albayzín.
                 
                                                     Aljibe de Polo
                
               Ahora duermen el letargo silencioso de un pasado, quedando solamente como vestigio del pretérito, una página más para la Historia.
            
                                                       Atardecer en el Albayzin
             
              La luz se marcha a regañadientes, lentamente en los atardeceres, todas los días de Granada dejando sus rastro en las callejas albayzineras, y en el agua de los aljibes.


        Pero no confundamos tampoco gancho con gachó, palabra utilizada, con frecuencia, en el patrimonio lingüístico albaicinero, muy dado, a veces, a agregar o suprimir grafemas, y colocar la entonación a gusto del consumidor.

                                    Aljibe del Peso de la Harina, Yami al -Ahdab, conocido como el Jorobado
             
                Los aljibes duermen todos los sueños de un pasado, siendo fieles reflejos de toda una historia ocurrida, que encarna la vida y costumbres del barrio más antiguo de la ciudad de Granada.

                                                           Fuente de Aynadamar
              
               Aljibes que se han alimentado gota a gota con las lágrimas del llanto continúo de una fuente que los ha ido abasteciendo, la Fuente de las lágrimas, la Fuente de Aynadamar.
             Hoy, el clamor angustiado de su sepultura no se deja sentir, porque su llanto carece de lágrimas al estar secas completamente sus entrañas.

                                                              Aljibe del Rey

             Unos son grandiosos con capacidad para guardar en sus entrañas una gran cantidad del líquido elemento, como el Aljibe del Rey, otros pequeños y sencillos como el Aljibe de Polo, o incluso distribuidores para dejar pasar el agua sin retenerla, Aljibe de Paso, en San Gregorio Alto;

                                                                Aljibe de Paso

       son todos ellos fiel reflejo del carácter de las gentes de este arrabal, grandes en sus comportamientos diarios, pero al mismo tiempo sencillos y humildes en otros, ya lo dijo el poeta albaizinero, Manuel Benítez Carrasco: "Placeta del Salvador tres acacias en el aire y mi madre en el balcón"

                                                  Las tres acacias de la Placeta del Salvador

.                                                                 Manuel Benítez Carrasco

                 El agua de los aljibes
                 se muere de puro sola
                 hasta que por la mañana
                 las mujeres se le asoman
                 y cubo a cubo le suben
                 
                                          Mujeres portando agua del aljibe de San Nicolás. Pintura de Aperley
               
                 la canción íntima y mora
                 y cubo a cubo le quitan
                 las penas de la memoria.
                          
                                                         Aljibe de San Nicolás
       
        En mi casa había un aljibe, era un aljibe especial, quizás con algunas connotaciones distintas a las demás cisternas del barrio, no se jactaba de lucimientos externos como los diversos que había esparcidos por todo el distrito, con sus elegantes vestimentas de ladrillos, perfectamente engarzados que, sirvieron para divertimento de los niños, donde posaron sus huellas en sus diversos juegos pisando sus gibas a modo de camellos enladrillados.
            
                                                             Aljibe del Salvador
       
             Mi aljibe, hoy por desagracia sepultado, plenamente abarrotado de cascajo, emparedado en un muro que sirve de limítrofe con la Casa del Chapiz, era la fresquera de mi casa, por decirlo de alguna manera, ya que en aquella época la palabra frigorífico, para el común de los nacidos,  no existía.


                                                           Casa del Chapiz
           
           Para llegar al brocal, había que pasar a través de un pequeño túnel, era el vestíbulo donde mi madre colocaba, en los días calurosos del verano, los alimentos perecederos: leche, fruta, verdura, guisos que se consumían en días postreros.



        Había una bomba de agua para sacar el líquido, con la que  me divertía accionando el mango, una y otra vez, hasta conseguir, en cada impacto, que por la boca arrojara un golpe de agua, sacada de las entrañas del aljibe. 
             Para mi imaginación infantil, aquel instrumento no era solo un aparato estático de hierro, carente de vida, que realizaba una función para provecho de la casa, sino que era un buen amigo, con él compartía buenos ratos de felicidad y distracción. Su forma aparentaba la figura de un perro, al que le había puesto el nombre de "fierro", por aquello de ser fiero y además de hierro.
                 
                                                                                                          Este era "fierro"

                 Tenía una enorme boca por la que echaba  agua,  para mi eran los ladridos, y el mango la cola que, al accionarla una y otra vez, levantándola y bajándola, daba sus gruñidos correspondientes. 
                  Le decía:
       - alguien viene y quiere entrar en la vivienda, con no muy buenas intenciones,  
       

     -¡da un ladrido!, y fierro, obediente como él solo, tirándole del imaginario rabo daba su primer, chillido.
            -¡El ladrón ha entrado!, 
            y volvía con más fuerza y violencia a agitar el rabo, y mi can, todo furioso,           ladraba y ladraba arrojando agua y más agua por su amplia y ancha boca, hasta     conseguir que el intruso se marchara.
             Después le pasaba la mano por la cara y lo acariciaba.
              -¡Eres mi mejor amigo!
  

                Nada más entrar en aquel pequeño túnel, para mí era grandioso, se respiraba el frescor sobre todo los días del verano en que el calor apretaba con más intensidad.


                                                   Túnel de acceso a la boca del aljibe
                                                                 Interior del aljibe             
               El antepecho, prácticamente no existía, había una pequeña elevación a modo de un reducido escalón, y simplemente un barrote de hierro, a media altura, cruzaba de parte a parte la boca de aquel gran aljibe.

                                                                   Acetre
              
            Arrancarle de sus entrañas la razón de su ser, requería una serie de condicionamientos, en primer lugar disponer de lo que en el lenguaje vulgar se conocía con el nombre de acetre, es decir un pequeño caldero, al que se le ataba una larga soga, debido al continuo ejercicio que realizaba, normalmente se encontraba mojada, de ahí que con el paso del tiempo y de su trabajo, se rompiera o desatara del asa que lo sostenía.

                                     Aljibe de Santa Isabel de los Abades, de la antigua mezquita Yami Susuna
                   
          En segundo lugar, saber lanzar con la prestancia y estilo el susodicho instrumento para, sin causarle daño alguno, cayera sobre la superficie cristalina del espejo acuífero, penetrara en sus entrañas con tal delicadeza, que le permitiera arrancar parte de su ser.
                   


                                                               La boca de mi aljibe

       No ocurría lo mismo si el neófito o principiante, lo lanzaba de tal manera que, en lugar de entrar suavemente rozando los bordes superiores, era la base la que chocaba con la superficie, y el agua ante este mal comportamiento de presentación, no se dejaba llevar, permitiendo que el ofuscado extractor ante el fracaso de su intento, moviera de un lado para otro el artilugio, que flotaba lindamente sobre el plano cristalino, agitándose conformando una serie  de ondas; era la risa burlona del agua ante el fracaso del que desde arriba rabioso y enfurecido volvía a sacar el cubo tirando de la soga.
                
                                                             La risa burlona del agua 

       Así una y otra vez hasta conseguir aprender el arte de saber lanzar el acetre, con la prestancia y estilo que exigen los cánones.
                     

         El acetre se cansaba de tanto ajetreo, la maroma o se rompía o se desataba, y llegaba la venganza del agua que sin remisión de ninguna clase veía como el acetre se iba lentamente llenando, y sus fauces terminaban por tragárselo quedando inmerso en sus entrañas.




            Entonces surgía la voz de mi madre: ¡hijo, vez “aca” Teresa, la vecina, que te deje los ganchos!
             Aquellos arpones en forma de uñas de gato, se dejaban caer, igual que lo hacen los equipos de salvamento rescatando a los náufragos, buscaban entre la oscuridad rastreando por el suelo hasta tocar el cuerpo del delito, y con una habilidad especial, deslizarse por su costado hasta coger el asa. 



                                                                    Los ganchos     Todo orgulloso, como el gran salvador, sube a la superficie al náufrago, nuestro acetre completamente repleto de agua, la dejaba caer como si fuese el llanto de arrepentimiento por la infracción cometida.
              
                                                  El llanto del cubo dejando caer el agua

             Los aljibes y su labor fundamental de alimentar a una población, se quedaron para el recuerdo dejando la huella indeleble de su buen hacer en la historia.
              Sin embargo, ahí han quedado para recreo de visitantes y turistas, que al verlos preguntan, ¿Qué son estos monumentos?

                                                  Turistas contemplando el aljibe de las Tomasas
                  
                   Tras esta pregunta vienen las numerosos repuestas del guía: su origen, funciones, alegrías, y penas a su alrededor, leyendas e historias que le dieron vida, después de su muerte.

                                                      "Los Martinicos"
              
            También se fueron “Los martinicos”, aquellos con los que las madres asustaban a sus hijos cuando no se querían dormir, que se encontraban en el interior del aljibe, para arrastrar y comerse a los niños que osaran asomarse al brocal para lanzar improperios, 
     
                                                Martinico que intenta llevarse a un niño
     
     denuestos y groserías, que con voz tenebrosa el aljibe, en forma de eco entre penumbras y oscuridades, les devolvía.
                        


                                                   ¡hijo, ves a casa de la vecina..!
                 
               Esta es la Historia de unos ganchos y de un relato que comenzó así: ¡hijo ves “aca” la vecina que te deje los ganchos! 
                                                
                                               José Medina Villalba.