martes, 22 de enero de 2013

LOS CÁRMENES DEL ALBAYZÍN EN GRANADA.

Vista parcial de los cármenes del Albayzín.
Vista parcial del Albaicín.

“El carmen es la vivienda típica en el Albayzín donde residen la mayor parte de las familias de este barrio”.
Patio de una corrala de vecinos.

Cierto es que existen numerosas viviendas, que son simples casas sin jardín, y otras varias que fueron corralas de vecinos; muchas de ellas, entradas en ruinas, fueron compradas por gentes de buen nivel adquisitivo y transformadas, juntando en algunas ocasiones más de una, en verdaderos palacios señoriales.
Carmen de Moraima.

Carmen de la Victoria.
Carmen de los Geranios.
 
Carmen del Granaillo.
Carmen de Aperley.
Carmen de S. Enrique.
Carmen de S. Juan.



Carmen de Santa María en las Escuelas del Ave María.
Podríamos citar algunos nombres tales como: El Carmen de la Victoria, (hoy residencia de estudiantes); el Carmen de los Patos, donde vivió el abogado y periodista, D. Julio Moreno Dávila, –hoy convertido en un restaurante-; El Carmen de la Media Luna; el Carmen de los Geranios, donde vivió el pintor belga que se afincó en Granada Max Moreau; el Carmen del Amor Perdido; el Carmen del Ciprés; los cármenes de los señores José Manuel y Miguel Rodríguez Acosta –este último pintor- y en general familia de banqueros; el Carmen de Bella Vista; el Carmen de Torres Molina, gran fotógrafo granadino; el Carmen de Moraima; el Carmen del pintor Aperley, en la Plaza de S. Nicolás; el Carmen de las Tres Estrellas, donde se reunía la cuerda de escritores granadinos de finales del siglo XIX, presidida por la figura del costumbrista Antonio Joaquín Afán de Rivera, carmen que inmortalizaría Manuel Fernández y González en sus novelas “Los monfíes de las Alpujarras” y “Martín Gil”; el Carmen de S. Enrique; los siete cármenes donde D. Andrés Manjón fundó las Escuelas del Ave María: Carmen de los Naranjos, de los Negros I, Negros II, de las Olivas, de Zapata, de Ayuso y de Salazar; etc.

Puerta de entrada al carmen.


El carmen albayzinero es, desde el más humilde hasta el más grandioso, aquella vivienda por la que se suele penetrar en su interior a través de un cancel fabricado artesanalmente por los artífices albaicineros, que en la fragua y  a golpe de martillo labraban con ricos adornos.

El zaguán posee una  alfombra que cubre la entrada; alfombra hecha con el empedrado típico granadino sobre un elegante dibujo alusivo a motivos heráldicos, florales…; es el medio para pasar al interior a través de un portón de madera ricamente tallado.

Cancel de entrada al carmen.
A veces, nos encontramos esta situación al revés, el portón de madera primero y el cancel de hierro forjado después; lo cierto es que el paraíso que allí se encierra queda vedado desde el exterior. Ya lo dijo el poeta albaicinero, Pedro Soto de Rojas, - que vivió en el Carmen de los Mascarones- “los cármenes del Albayzín son paraísos cerrados para muchos, jardines abiertos para pocos”

Callejas estrechas del Albaicín.
Las fachadas de las viviendas, en general, compuesta de bajo y primera planta, se encuentran encaladas y sus balcones ricamente engalanados con macetas esmaltadas, siguiendo la tradición árabe, en los hornos de Fajalauza, y que se ven repletas de geranios y claveles reventones.

Balcones repletos de claveles.
  Debido a la proximidad de las fachadas en las callejas estrechas que caracterizan el barrio, estos claveles son como piropos que unas casas se dirigen  a las de enfrente en un rendido homenaje de enamorados.

Pasado el zaguán de la casa nos encontramos con el patio, normalmente cuadrangular, también empedrado al estilo ya indicado, delimitado en todo su cuadrilátero por una serie de columnas, unas veces de madera otras de mármol o de piedra de Sierra Elvira, que sostienen la primera planta.

El frescor se respira en el patio.
 El frescor se respira nada más penetrar en el interior, sobre todo los días aciagos y calurosos del estío.

Numerosas macetas de pilistras –planta de hojas grandes y alargadas- se refrescan y refrescan al visitante al verse salpicadas por el agua de un surtidor que situado en el centro del patio y constituido por una fuente con forma de concha, de mármol blanco, deja caer el agua lánguida y sensualmente sobre la base de su pila. 


Si la vista se recrea y extasía en la contemplación de lo que allí se percibe, no menos es el olfato que se embriaga por el olor de otras diversas plantas que cuelgan en ricos soportes de las paredes del patio.

Todo es silencio y armonía.

Dejamos pasar nuestra miradas por el entorno y el lugar se va complementando con una serie de objetos que van a embellecer más la estancia: algún cartel de toros, o de Semana Santa, o del anuncio de las fiestas del Corpus Christi, algún mantón de Manila, algún gran abanico con motivos costumbristas, algún elemento en desuso de labranza…

 Nada perturba aquel romántico ambiente, solamente el crepitar de agua de la fuentecilla, que al romper sus gotas en la caída sobre el níveo mármol, junto con el gorjeo orquestal del canario que cuelga sobre el patio desde una de las vigas del artesonado del pasillo de la planta superior, hacen que el silencio que allí se percibe sea aún más encantador.

Poco mobiliario, a lo sumo y como pieza imprescindible, una mecedora tapizada con tela alpujarreña, será el mobiliario imprescindible donde el albayzinero, habitante de esta morada, pueda cumplir con el rito indispensable de la siesta, que siempre se hace más apacible por todos los aditamentos que en este ambiente se aunan.

El agua fresca de un pipo de La Rambla, será el que a nuestro inquilino le desperezará de la morriña que le ha acompañado en su plácida siesta.

En alguno de estos patios existen aljibes que contienen agua venida de la fuente de Aynadamar –Fuente de las Lágrimas- (Alfacar).

Algunas habitaciones o salas bajas, donde el albayzinero suele hacer vida durante los veranos calurosos de Granada, complementan el lugar.


Galerías que rodean el patio.

El primer piso, normalmente único piso, está rodeado de una galería, con artesonado de madera, con alguna zapata renacentista, con balaustrada de madera, y con habitaciones muchas de las cuales aún conservan artesonados mudéjares.


Los jardines del carmen con el decorado de la Alhambra al fondo.
Si abandonamos el patio, a través de un cancel salimos al huerto-jardín, donde las plantas trepadoras, la hierba buena, los rosales, los galanes de noche, los geranios, la madre selva, junto con los bojes en perfecta alineación formando pasillos estrechos dirigen nuestros pasos a glorietas, fuentecillas cantarinas, o bancos para reposar, meditar, o recrearse en el entorno que nos rodea, teniendo siempre este escenario como fondo a la gran sultana Alhambra.


Los toques de un convento al alba .
Los toques de la Campana de la Vela.
                                                                                      
Pasear por las noches del verano a altas horas de la madrugada por las callejas del Albayzín, cuando solo el silencio se veía quebrado por el crepitar de un grillo, o por los toques, al alba, de la campana de la Torre de la Vela, o por el tintineo de algún convento que llama a la oración a las monjas de clausura, es todo un deleite.

Acompañados por la luminosidad de una luna llena, exhalando el perfume embriagador que se percibe a través de la encalada tapia que rodea al carmen, como si fuera el estuche envolvente de este sagrado cofre, en nuestro caminar nocturno, vamos sintiendo sensaciones difícilmente de transmitir con el lenguaje escrito.”

                                                                                José Medina Villalba.

lunes, 21 de enero de 2013

VIDRIERAS Y FALSAS VIDRIERAS.


Un poco de historia. El vitral o vidriera (pues por las dos acepciones es conocida) es un conjunto de vidrios de colores que forman motivos ornamentales o abstractos, incluso figuras e imágenes, los cuales van a ser cortados en fragmentos según el diseño establecido, y posteriormente unidos mediante “lingotes” o varillas de plomo soldadas entre sí mediante estaño.

Es necesario retroceder muchos siglos en la historia de la civilización, para encontrar los orígenes de este arte. En la Roma del siglo III aparecen ciertos antecedentes que únicamente pretendían crear un determinado efecto de luz coloreada. Tenemos que avanzar rápidamente hasta los siglos IX al XII, cuando la técnica evoluciona y los maestros vidrieros amplían sus diseños a personajes y escenas con estilo pictórico de la época.
 
Vidriera en el altar mayor de la Catedral de Granada.
 
El arte gótico incorpora su vidriera en todo su esplendor a través de numerosas obras que han llegado hasta nosotros, de las que son notables ejemplos las catedrales de Palma de Mallorca, León, Toledo, Barcelona, Sevilla,  Granada y otras muchas iglesias, monasterios y palacios de la época.

El Renacimiento marcó el apogeo del vitral. Su hasta ahora carácter netamente religioso se va poco a poco desplazando desde los recintos clericales hasta las mansiones y palacios. Se va convirtiendo por derecho propio en elemento decorativo de primera magnitud.

Después de esta introducción histórica sobre las vidrieras, quiero pasar a lo que es la falsa vidriera, que sin tener ningún punto de comparación con lo que es una vidriera, constituye un elemento decorativo muy interesante.

Los pasos seguidos en la confección de estas falsas vidrieras, que van a decorar puertas, han sido los siguientes:

En primer lugar tuve en cuenta los espacios, dentro de la vivienda, en los que se  iban a colocar; unas se pondrían en las dos puertas que dan al salón y las  otras en la cocina.

Elegí para el salón motivos florales y para la cocina utensilios y productos gastronómicos.

 

 La confección de este trabajo se hizo de esta manera :

1.- Preparación de los materiales utilizados: alcohol, algodón, plomo adhesivo, pintura traslúcida especial para cristal, buril plano, cúter, punzón, rollo de plomo y soldador eléctrico.

2.-  Sacado el cristal de la moldura de la puerta se coloca sobre una mesa protegida con algún mantel viejo que no se utilice normalmente.

3.- La parte exterior del cristal, que va a ser más visible, se colocó boca abajo; previamente se limpió con el algodón mojado en alcohol.

4.- A continuación se giró el cristal y se situó la lámina con el diseño anticipadamente dibujado que tiene que tener un tamaño proporcionado con respecto al vidrio, para  que no quede muy pequeño, ni tampoco grande.

5.- A la cinta de plomo se le va quitando el adhesivo conforme se va pasando sobre el dibujo diseñado; vamos cortando con el cúter las terminaciones de líneas, donde después haremos las soldaduras de plomo, con el soldador eléctrico. En primer lugar, se realizan las líneas principales y a continuación las secundarias.

6.- El siguiente paso es la colocación del color, se debe de instalar la pintura con la técnica del goteo en cada uno de los lugares del dibujo: dejar caer gota a gota para que se vaya extendiendo por la superficie.

7.- Una vez seca la pintura y para darle mayor realismo, a la falsa vidriera, se utiliza el soldador eléctrico colocando plomo fundido sobre las distintas uniones, de la cinta de plomo.

Después se colocan las vidrieras sobre las puertas elegidas.
 
Vista de la cara frontal.
 
 
Vista cara frontal. Vidriera del salón.
 
Falsa vidriera del salón. Cara posterior.
 
Detalle de la cara posterior.


 
Vidriera en la cocina
                                                                            






















 

 

viernes, 18 de enero de 2013

LOS LEONES DEL CARMEN. ESCULTURA.

Los leones en su hábitat.




                                                   
 
 
En esta página, de mi blog, quiero exponer  como se puede realizar un molde de silicona con madreforma de poliester rígido, para poder obtener varias piezas de un único modelo.

Fueron varios los bocetos de la escultura que quería confeccionar, sobre la figura de un león, hasta conseguir el modelo que tenía en mente. Quería obtener  una efigie que no tuviera el hermetismo y rigidez de los maravillosos leones, del patio de este nombre, en la Alhambra, patio que se construyó en la época de Mohamed V, 1377, habiéndose podido comprobar, con la reciente restauración, que procedían de un palacio anterior a la Alhambra, perteneciente al primer visir de la dinastía zirí Samuel Ibn Nagrella, ni tampoco que tuvieran el realismo anatómico de otros muchos, de grandes escultores, que figuran en diversos lugares del mundo, por ejemplo los dos que están enclavados a la entrada del Palacio de Congresos en Madrid del escultor aragonés, Ponciano Ponzano, que fueron bautizados con el nombre de los capitanes héroes del 2 de mayo: Daoiz y Velarde. Fueron fundidos con el bronce obtenido de unos cañones que se capturaron en una batalla en la guerra de África.

Los pasos a seguir en mi obra fueron los siguientes:

1º.- Estructura metálica simulando la forma que habría de tener la figura y que tendría que soportar el peso de la arcilla.

2º.- Modelado, imprimiéndole el carácter que, escultóricamente entiendo, debe de tener la representación de un animal.

3º.- Una vez terminado el modelado, colocación de los separadores para obtener las piezas que han de componer el molde, en este caso, dos laterales y una frontal. (Como separadores utilicé trozos rectangulares de placas radiológicas en desuso, véase, en este blog, el archivo titulado “El Dante”).

4º.- La primera capa de escayola que echaremos sobre la figura, llevará mezclado un poco de color, (por ejemplo, azul de añil) tiene por objeto que cuando vayamos con el formón, a golpe de martillo, quitando el molde, nos  indique que nos encontramos próximos al positivo y de esta manera evitar que lo podamos dañar.

5º.- Para despegar las diversas piezas del molde y evitar que se rompa, exteriormente se reforzará, con unas cañas, colocadas longitudinal o trasversalmente. (Es necesario este refuerzo cuando la obra es de un tamaño medianamente grande).

Colocada, la obra, sobre el lavabo del taller, con un chorro de agua, lentamente, la iremos introduciendo por las uniones del molde, para facilitar la separación.

6º.- Extraído el barro, bien limpio y seco el negativo, le aplicaremos el desmoldeante, (grasa, aceite, lejía, cera…, cualquiera de ellas es válida).

7º.- Positivamos el molde, en este caso con escayola.

8º.- Después de un par de días comenzamos a romper el molde a golpe de formón hasta obtener el positivo.

9º.- Tenemos, en estos momentos, ante nosotros el león realizado en escayola.

10º.- A continuación vendrá sacar el molde de silicona. Los pasos fueron:

1º.- Los separadores, tal como indica la fotografía, serán de  plastilina de diversos colores y la escayola que anteriormente utilizamos, para sacar el primitivo león, será sustituida por silicona, que se dará con un pincel. Como se puede observar en la fotografía, en los separadores de plastilina se han colocado diversos botones rectangulares, que servirán de guía para encajar, perfectamente, la madreforma de poliéster rígido, con el molde de silicona.

2º.- La madreforma que cubrirá a esta silicona para darle consistencia se hizo con poliéster rígido. (Poliéster con fibra de vidrio).

3º.- Las tres piezas que constituyen la madreforma se unirán con una serie de tornillos con sus palometas correspondientes, para abrir y cerrar el molde cada vez que se utilice.

4º.- Los positivos de los siete leones, que se obtuvieron, se realisó con polvo de mármol (marmolina) y poliéster, dándole un grosos de unos centímetros, macizando el resto con cemento.

Cuatro de estos leones vierten agua, por sus respectivas bocas, en las cuatro esquinas de una piscina por lo que tuve que introducir el tubo, por donde pasa el agua, desde una de las patas hasta la boca en el momento previo a positivarlos.
 
 
Antonio y María disfrutan montando los leones.
                                                                                          

                                                                              

Agua floral, preciosa y marinera,
que con tu cargamento de arco iris
cruzas las venas de las primaveras.
Agua vestida de Semana Santa
en la violeta y en el lirio.
Agua que das al nardo la blancura
que te sobró de la azucena.
Agua que en los claveles, oh milagro,
mantienes, alimentas a la llama,
y eres tú misma llama,
abril del fuego y fuego de las flores.
 (Manuel Benítez Carrasco)
                                                                                                                  
 

 

miércoles, 16 de enero de 2013

JUGUETES DEL PASADO. RECUERDOS EN VALPARAISO.


Los años de nuestra posguerra (de aquella guerra “incivil”) fueron duros para todos. Sin embargo, es cierto, dentro de aquella amarga dureza de la que los niños no éramos conscientes, -sí, nuestros padres que tuvieron que sacarnos adelante entre penurias y enormes dificultades- sin embargo, éramos felices con lo poco que teníamos; hoy día, al contárselo a nuestros hijos y nietos, parecen no entender lo que ellos llaman “nuestras batallitas “ de años pasados.

Interpretan que son invenciones nuestras con las que pretendemos hacerles una “comedura de coco”, para que vean la opulencia y grandiosidad de la que ellos han disfrutado y siguen haciéndolo en la actualidad, sin darle apenas importancia, considerándose merecedores de todo.

Amigo lector: en mi infancia y posiblemente en la tuya, en aquella década de los años cuarenta del siglo pasado, los juguetes hechos con nuestras propias manos eran el mayor divertimento y la mejor satisfacción con la que nos regocijábamos  durante aquellos extensos días.

Recuerdo, entre los varios elementos lúdicos que construíamos, aquellos tanques que nos fabricábamos con los carretes de madera, ya desprovistos del hilo,  que nuestras madres habían utilizado para echarle remiendos a los calcetines, sí, de aquellos calcetines que con espolones cubrían nuestras piernas en los duros días del invierno granadino.

Cualquier objeto, al que hoy los niños le darían poca importancia, nos servía para dar rienda suelta a nuestra imaginación y creatividad y para fabricarnos el juguete con el que pasábamos horas y horas en la más absoluta felicidad.

¿Recordáis la primera vez que le dimos una patada a una pelota de goma? Nuestros maltrechos pies solamente habían tenido la oportunidad de patear  aquellas otras que  nosotros mismos construíamos, -pelotas de trapo- hechas con los retales de tela y que aún nuestras madres no habían cambiado por un plato, un tazón o un puñado de garbanzos tostados, a aquel que pregonaba: “Niños tiraos al suelo, rompeos los calzones y decidle a vuestra madre que está aquí el trapero”.

Mujer, ¿Y las muñecas de trapo rellenas de serrín a las que les pintábais los ojos, cejas, boca y orejas con un simple lápiz, que vosotras mismas fabricábais, y las vestíais con los restos caídos en el suelo en aquellos talleres de modistillas?

¡Qué tiempos aquellos!

Fueron tantos los juguetes hechos con nuestras propias manos, que no envidiarían a ninguno de los que, dirigidos e informatizados, utilizan actualmente los niños de hoy.

 

Paseaba yo, sumido en estos pensamientos, cuando, en uno de los poyetes que hay en el paseo central de mi colegio en la Cuesta del Chapiz, dos niños se entretenían con uno de esos modernísimos juegos electrónicos, llamados “playstation”, con los que, creo, ni el cuerpo ni la mente se desarrollan pero que les embaucan horas y horas.

Todo esto hizo que rebobinara el vídeo que todos tenemos en nuestros subconsciente y me retrotrajera a los tiempos de mi infancia.

La tarde estaba declinando, era uno de esos pocos días del mes de enero en que una cierta templanza ambiental embargaba mi entorno. Allá en lontananza el cielo se había cubierto con nubes algodonosas tintadas de un color púrpura, pintadas con los lánguidos pinceles de un sol mortecino que en esos momentos se acunaba dando su última despedida vespertina allá por las Sierras de Almijara y Tejera.

Al señor Febo, a esas horas, se le podía mirar, sin remilgos, cara a cara; se encontraba en el límite del horizonte como una enorme bola de fuego; lentamente se iba internando a través de esa línea donde más allá nuestros ojos no pueden vislumbrar nada.

El astro, en el ocaso del atardecer, quería, en su lenta despedida, dejar marcada en el colegio su huella.

A través de la palmera del jardín, de la que recuerdo, desde mis más tiernos años de mi infancia, sus ramas, a modo de peines gigantes, se recreaban rastreando la cabellera del que se despedía y depositando sus largos cabellos, convertidos en finos hilos de plata y oro, desparramados sobre el paseo intentando acariciarle.

Allá arriba, en la montaña, la Abadía del Sacromonte se sonreía con el reflejo de un sol medio adormecido que, al plasmarse en los cristales de la vieja colegiata,  en sus enormes ventanales, construía vidrieras de colores que en nada tendrían que envidiar a las que Alonso Cano colocó en la cúpula del Altar Mayor de nuestra Catedral.

Allá abajo el río Darro, con su murmullo de aguas, convertido en un cantar de “nanas”, intentaba dar las últimas mecidas, a esta inmensa cuna, para que el colegio se durmiera, acompañadas por el rasgueo de guitarras cuyos sones proceden de los comienzos de las zambras gitanas.

Los duendecillos, que todos los días, al anochecer, quieren perturbar la tranquilidad, paz y sosiego del Valle de Valparaíso, desaparecen y se ausentan de la escena, en el momento que la sultana Alhambra se enciende como ascua de fuego formando una cortina de terciopelo rojo que los va a eliminar.

El cielo plagado de estrellas, junto a una enorme luna plena, como vigilante nocturno, asoma sigilosa por la Silla del Moro; va a ser el edredón que cubra el valle, para que plácidamente duerma el sueño en esta noche de un invierno pasado.

Es cierto que todas las remembranzas de nuestra infancia se recuerdan con mayor precisión y exactitud que toda una serie de hechos ocurridos durante toda una vida. Y es que, como alguien dijo, se viven intensamente los primeros veinte años, y todo lo demás es pasajero. Según el humanista Juan Luís Vives: “todo el resto de la vida cuelga de la crianza de la mocedad”.

Tengo la plena conciencia, querido lector, que en estos momentos me estás leyendo, no ha sido la primera noche que has conciliado tu sueño dejando volar tu pensamiento a esos días de tu niñez; con él has ido recorriendo palmo a palmo, con claridad plena, las vivencias de aquellos años y como una gran película a todo color, con precisión exacta, te has vuelto a encontrar con aquel compañero o compañera que desde entonces ni has visto ni has vuelto a saber nada de él.

Recuerdas perfectamente el primer amor platónico de tu vida; aquel niño o aquella niña a los que jamás te atreviste a decirle que te gustaba, que lo querías, pero, a pesar del tiempo, aún conservas, en lo más profundo de tu ser, la letra impresa en aquel trozo de papel, con tu declaración amorosa, que jamás llegó a su destino.

Sí, es cierto, la vida ha pasado como un soplo, pero aquellos largos años de nuestra infancia no han pasado ni pasarán y volarán con nosotros cuando dejemos la Tierra y allá en lo más alto de las estrellas nos encontraremos todos los que compartimos años lejanos, para seguir sumergidos en aquellos días, días de regocijo, alegría y felicidad.

Sumido en estos pensamientos bajaba por las escaleras que vienen de la placeta donde ensayan todas las tardes los músicos y como uno más de ellos me inmiscuía en sus conversaciones. En este parloteo se iba desde el saborear lo buenas y apetecibles que están las uvas que penden como farolillos de feria, en el paseo central, a los ricos “higos isabeles” de las higueras de la huerta, de Toecuato, mi padre, o a las suculentas ciruelas, de aquella parata cuajada de flores, de Fernando el jardinero del Colegio.

Estas conversaciones iban más allá de lo que puede ser un intercambio de palabras sin apenas aparentar pretensión alguna. Sí que había pretensiones y sí que existía planteamientos de poder hacer realidad aquellos pensamientos.

Me detengo para beber agua de la acequia de S. Juan, -ésta que junto con la de Santa Ana y Real de la Alhambra vienen de la presa de Jesús del Valle, para vivificar la naturaleza que aquí se encierra,- aquella que pasaba dejando al descubierto su cuerpo, con su cara acuífera impregnando el ambiente, con un lenguaje de sinfonía orquestal que proporciona el suave deslizamiento al ir acariciando los guijarros que en el fondo del cauce hay. Aquella acequia que también fue el gran océano donde nuestros barquitos simulados en pequeños trozos de madera hacían sus batallas y correrías.

Mientras me veo reflejado en el espejo del agua, extasiado, escucho el toque de la campana que invita a los niños al recreo.

Sigo mi marcha por el camino aunque ya no está, pero sí en mi pensamiento, aquel aforismo manjoniano, sobre la pared encalada, que había debajo de la clase: EL QUE MÁS DA MÁS TIENE (Matemáticas de Dios); la clase sigue, aquella donde aprendimos lo más fundamental, para como hombres de bien caminar por la vida.

Aquella clase era toda una enciclopedia cuyas páginas estaban continuamente abiertas.

Las paredes, a través de la cantidad de gráficos, dibujos y mapas, eran el libro diario en la que los alumnos continuamente nos documentábamos.

En el dintel de la parte superior estaba representada toda la Botánica y Zoología; la Geometría, entre líneas, superficies y volúmenes, ocupaba también su lugar y no digamos de los mapas de España, Europa y Mundi.

No nos hacía falta esa cantidad incongruente de libracos metidos en gigantescas mochilas que actualmente portan nuestros hijos y nietos, en ese devenir de ir y volver del colegio, hasta hacerse polvo la columna vertebral.

¿Acaso por muchos libros estos mozalbetes saben, se instruyen y, sobre todo, se educan más y mejor que los de aquella época?

El camino se estrecha, la brisa gélida que viene de Jesús del Valle golpea mi rostro, unos murales protegen mi flanco izquierdo, mientras allá abajo, debajo de las paratas que sirven de huertos a los chavales, las aguas revueltas, agitadas y tempestuosas del río Darro dejan su ronco clamor, como en un adiós que líricamente lo expresaría: “que mansa pena me da, el Colegio siempre se queda y el agua siempre se va”.

Así, caminando lentamente y saboreando en el recuerdo de mi infancia la cantidad de veces que por aquel estrecho camino pasé, por las mañanas temprano, soportando los rigores del invierno, dejo volar mi pensamiento.

 

                                                                    Valparaíso