Aquella noche había estado lloviendo a raudales, las gotas de agua que
no querían unirse a las que caminaban con sus compañeras formando riachuelos por los arriates de la calle, se habían posado en los
cristales del balcón de mi dormitorio, que da a una famosa plaza del barrio del
Realejo, y lentamente haciendo cabriolas y circunloquios se deslizaban lentamente
por el grueso vidrio, para ir a morir en el alféizar de la balconada.
Llueve en el Realejo
Alguna se detuvo un momento para invitarme a dar un paseo esta mañana
otoñal, por una ciudad que se está impregnado de un color oro que cae lentamente
sobre el suelo.
Ávido por disfrutar de la mañana cogí mi cámara para recoger todo lo
que me saliera al paso.
Lloraba el cielo, un cielo tupido de negros nubarrones que amenazaban
dejar caer agua sin reparos de ninguna clase, a chorro tendido, con la última rosca giratoria del grifo abierto al máximo.
Plaza de Santo Domingo
Casi todas las mañanas sigo el mismo itinerario en mi paseo rutinario y
aunque el escenario es siempre el mismo, no lo son las diversas escenas que se
presentan según las distintas estaciones del año.
Los cúmulos oscuros han desaparecido, y entre los jirones rotos de un
tejido de nubes blanquesinas que se esfuerzan
por mantenerse unidas, se asoma tímidamente un cielo celeste como el que
intenta contemplar desde las alturas, el latir de una ciudad a estas horas de
la mañana.
Delicioso chocolate con churros
Por la Plaza Mariana Pineda, donde el olorcillo a chocolate caliente y
a churros, dejan en el aire un suculento
aroma de los que penetran en la taza espesa, para empaparse de la pasta cremosa
que cubre el alargado elemento, de una capa dulce de color tierra siena oscuro.
Es imposible resistirse a este reclamo
Es imposible resistirse a este reclamo que conlleva el rito de trasladar
al paladar, de una boca entreabierta que paladea y saborea el
recalcitrante gusto de un placer, que
emana de la mezcla de una masa de harina que se baña en el oro líquido salido
del fruto del olivar a elevados grados de temperatura.
En alargada cinta, surge de
una máquina que lanza a la piscina formada por una sartén, donde se enrosca para formar una rueda, después será troceada para mejor manejo del
consumidor, envuelta en cacao para convertirse en un suculento bombón.
Plaza de Mariana Pineda
Mariana Pineda, la simbología de la libertad hecha piedra esculpida, desde su podio, contempla todo lo que ocurre a sus pies, se deleita y percibe diariamente todo el trajinar de un lugar que por antonomasia, es longevo en dichas y avatares.
Esta mañana luce con más fuerza por la limpieza de los árboles que le dan cobijo,
lavados por el agua de una lluvia incesante, que ha hecho que se vayan
desvistiendo, para cubrir el suelo convertido en cristal, los pingajos mortecinos de las hojas que, a su
libre albedrío, se han ido depositando en el suelo, para construir un collage,
con diversidad de pigmentación, que cualquier escolar querría tener en su
colección botánica.
Mariana Pineda
Se percibe el llanto silencioso de una arboleda que agitada con la suavidad de un vientecillo, delicadamente les va arrebatando aquellas que fueron durante un tiempo la mejor vestimenta que cubrió sus cuerpo.
Traje de gala color verde vejiga intenso en primavera, para pasar con el calor del estío
entre verdes, rojizos y abutanados, y terminar con el vestido misterioso del
otoño en una ensalada de diversidad de colores.
Las hojas caen como la lluvia más suave
Van cayendo lentamente en ese plañir incesante, para depositarse sin molestar en el enlosado, mientas los árboles se miran sorprendidos y avergonzados de su inquietante desvestir.
La lluvia de las hojas es un enorme gesto de generosidad, saben desprenderse de la rama para lanzarse al vacío, al aire, y dejar paso al nuevo amanecer de otra hoja nueva. La coreografía de las hojas soltándose y abandonándose a la sinfonía del viento es un canto de libertad.
Los humanos, en cierto modo, somos árboles, a los que nos cuesta trabajo desprendernos de de nuestros hábitos y costumbres, nuestras propias hojas, para lanzarnos al vacío de la vida y renovarnos continuamente, nos sentimos tan cómodos con esas conductas fijadas, con esos pensamientos arraigados, tenemos que en este tiempo de otoño sumarnos a la sabiduría de las hojas, y emprender el camino de la renovación, de la confianza, de la esplendidez, donación y generosidad, si no lo hacemos vendrá otro viento más fuerte que, a la fuerza nos arrancará de la rama de nuestro empecinamiento irreflexivo.
Los humanos también somos árboles
Todavía quedan muchas hojas ataviadas de verde, que no han entrado en el declive del sueño que les va a cambiar de color, hojas que ven a sus hermanas despedirse y volar en acrobáticos giros antes de llegar a su destino, pero que saben que su final, tarde o temprano, será el mismo.
Federico García Lorca en la tertulia "El Rinconcillo".
La Plaza del Campillo Bajo, la del Café Alameda, actualmente Chiquito,
donde en tiempos pretéritos se reunía la tertulia “El Rinconcillo”, la sabia floreciente de la cultura granadina:
Federico García Lorca, Manuel de Falla, Hermenegildo Lanz, Melchor Fernández
Almagro, Ángel Barrios, Manuel Ángeles Ortiz, Juan Cristóbal…., por citar
algunos de los tertulianos, se refresca esta mañana, con la humedad que se
percibe en el ambiente y la que proporciona los chorros de agua de una fuente de
mármol blanco que termina con tres delfines enroscados, cuyas colas se
entrelazan, sosteniendo una pequeña taza.
Plaza del Campillo
Se respira humedad, pero es una
humedad agradable que embriaga al entrar en los pulmones.
Las enormes plataneras centenarias, todavía lucen orgullosas el verdor
con el que cubren su cuerpo, mientras algunas de sus hojas, para dar ejemplo de que estamos en
otoño, y no poner en evidencia a sus hermanas de la Plaza Mariana Pineda van dejándose caer, con la liturgia especial
de este tiempo.
Está comenzando a formarse la urdimbre que irá poco a poco engordando,
para terminar por construir la maravillosa alfombra otoñal, sobre la que deslizaremos nuestros pasos.
La Fuente de las Batallas, no puede ser menos para refrescar con el
espolvoreo de sus finísimas gotitas de agua, perlas de cristal, rosario de
nácar, que acarician el rostro de los paseantes.
Fuente de las Batallas
Sus pies se engalanan con el verde del césped mezclado con los pompones de colores, verdes, amarillos y anaranjados que le rinden pleitesía, mientras la débil arboleda de los alrededores, comienza a adormecerse formado un conjunto policromado.
Entrar por la Carrera de la Virgen es penetrar en un escenario de exposiciones continuas, lo mismo
resplandece con la Patrona luciéndose ante su pueblo en un final de septiembre,
como es el lugar de cualquier feria ya sea de libros, de frutas otoñales,
Granadas. Óleo (42X37). Autor. José Medina Villalba
de
dulces y tortas, actualmente de objetos relacionados con la Navidad, o el cumpleaños de la leche granadina Puleva, o diversidad
escenificada de paisajes de todas las partes del mundo.
Las instalación eléctrica con elaborados dibujos relacionados con este
tiempo pascual, penden como colgaduras, que están a las puertas de un atardecer veterano que se
nos va, para dar paso al que nos traerá el frío invernal.
Todo es bello, todo es aleccionador, todo es edificante, pero hay algo
que viene como un tupido velo a dar más encanto a este entorno.
La lluvia precipitada de las hojas que envuelven todo el entorno, se nos presenta de forma variada, unas veces
a modo de un chaparrón cayendo precipitadamente, para dar paso a otras deslavazadas, o incluso en una especie de
sinfonía natural, sin notas en el aire, es un ballet rítmico donde aparece la primera bailarina la figura
estelar, la primera actriz, para a
continuación irse presentando todo el elenco de un compañía teatral, cuyo
director es el aire que con su batuta en movimiento las hace danzar.
Todo se acompaña con la armonía y musicalidad de los acordes de unos sonidos con tonalidad de bronce, que
vienen de las torres gemelas donde penden las campanas.
Hay algunos descansos, mientras unas se dirigen a las rebajas del
Cortes Ingles, otras se colocan en los tejados de los puestos de objetos
navideños, para contemplar el espectáculo, otras reposan encima de los setos
que limitan el rectilíneo paseo, y las menos afortunadas se colocan como una
pieza más junto al empedrado granadino de la calzada.
Entre las hojas las hay muy místicas, a la llamada de la campana, se
han colocado en la puerta de la iglesia para participar en el oficio religioso.
Carrera de la Virgen. Óleo (50X40). Autor. José Medina
Carrera de la Virgen. Óleo (50X40). Autor. José Medina
Había que seguir paseando, para disfrutar de una mañana otoñal, que no tenía desperdicio.
la mañana se había mudado de vestido, las nubes se habían retirado y un sol espléndido comenzaba a dejarse caer, siempre cubriéndose con el foulard de nubes blancas de muselina algodonosa, para cubrir el cielo que aparecía todo lozano después de un sueño detrás de bambalinas oscuras cargadas de agua, al mismo tiempo que las hojas lo hacían cumpliendo el destino de su misión.
Cruzar el paso de peatones que une la Carrera de la Virgen con el Paseo del Salón, conlleva un riesgo, pero ellas, las hojas, no entienden de colores y menos de semáforos, así que allí yacen pegadas al asfalto carne de las yantas de los coches que continuamente las están aplastando.
La Fuente de las Granadas con sus desnudos cuerpos, sujetando la
simbología de la ciudad en unas gigantescas granadas, frutos del tiempo, se
refrescan con los parabólicos chorros que surgen formando un bello entramado de gotas, como si fuesen los puntos
suspendidos de un lenguaje escrito, que
dejan a libre interpretación la imaginación del que los observa.
Alrededor se han colocado un numeroso grupo de hojas para contemplar
este espectáculo acuífero, mientras otras se han dirigido al kiosco de la
música para intentar subirse y dar un concierto, el famoso concierto de “Las
hojas muertas”.
“Oh, me gustaría tanto que recordaras/ los días felices cuando éramos
amigos…/ En aquel tiempo la vida era más hermosa/ y el sol brillaba más que hoy./
Las hojas muertas se recogen con un rastrillo…/ ¿Ves? No lo he olvidado…/ Las
hojas muertas se recogen con un rastrillo./
Los recuerdos y las penas también./ Y el viento del norte se las lleva/ en las noches frías del olvido. / ¿Ves? No lo he olvidado/ la canción que tú me cantabas./ Es una canción que nos acerca./ Tú me amabas y yo te amaba./ Vivíamos juntos/ tú, que me amabas, y yo, que te amaba…/ Pero la vida separa a aquellos que se aman/ silenciosamente sin hacer ruido./
Y el mar borra sobre la arena/ el paso de los amantes que se separan./ Las hojas muertas se recogen con un rastrillo./ Los recuerdos y las penas también./Pero mi amor, silencioso y fiel,/ siempre sonríe y le agradece a la vida./ Yo te amaba, y eres tan linda…./¿Cómo crees que podría olvidarte?/ En aquel tiempo la vida era hermosa/ y el sol brillaba más que hoy./ Eras mi más dulce amiga,/ mas no tengo sino recuerdos/ y la canción que tú me cantabas./ ¡Siempre, siempre la recordaré!”.
Los recuerdos y las penas también./ Y el viento del norte se las lleva/ en las noches frías del olvido. / ¿Ves? No lo he olvidado/ la canción que tú me cantabas./ Es una canción que nos acerca./ Tú me amabas y yo te amaba./ Vivíamos juntos/ tú, que me amabas, y yo, que te amaba…/ Pero la vida separa a aquellos que se aman/ silenciosamente sin hacer ruido./
Y el mar borra sobre la arena/ el paso de los amantes que se separan./ Las hojas muertas se recogen con un rastrillo./ Los recuerdos y las penas también./Pero mi amor, silencioso y fiel,/ siempre sonríe y le agradece a la vida./ Yo te amaba, y eres tan linda…./¿Cómo crees que podría olvidarte?/ En aquel tiempo la vida era hermosa/ y el sol brillaba más que hoy./ Eras mi más dulce amiga,/ mas no tengo sino recuerdos/ y la canción que tú me cantabas./ ¡Siempre, siempre la recordaré!”.
Algunas corren precipitadamente, empujadas por un suave vientecillo,
mientras un cielo abierto las contempla, a través de la triste enramada
la gente camina pisando sin compasión las que yacen muertas en el suelo,
otras se dan su último baño, mientras algunas siguen durmiendo sobre el seto que bordea la calzada,
o pueblan las aceras como un reguero de hormigas muertas.
la gente camina pisando sin compasión las que yacen muertas en el suelo,
otras se dan su último baño, mientras algunas siguen durmiendo sobre el seto que bordea la calzada,
o pueblan las aceras como un reguero de hormigas muertas.
El paseo central del Salón, conocido como el Paseo de la Bomba, es la
bella estampa de un cuadro romántico, donde los únicos amantes son las hojas
que se deshacen en arrumacos amorosos,
construyendo una enorme alfombra que cubre el suelo policromado, observadas por las copas de los árboles multicolores, mientras algunas, sentadas cómodamente en los bancos continúan en silencio, con sus mimos y carantoñas.
construyendo una enorme alfombra que cubre el suelo policromado, observadas por las copas de los árboles multicolores, mientras algunas, sentadas cómodamente en los bancos continúan en silencio, con sus mimos y carantoñas.
Algunas vienen hacia mí corriendo, pidiendo auxilio para que las libere
de los jardineros que se aproximan para llevárselas en oscuros sacos, como si
fueran, el “tío mantecas” o el “tío del saco”, con el que nos asustaban cuando
éramos niños,
porque han visto a sus hermanas con las fuerzas totalmente perdidas amontonadas esperando su infeliz destino.
porque han visto a sus hermanas con las fuerzas totalmente perdidas amontonadas esperando su infeliz destino.
-¡Oye!, se escucha decir a unas que están en el parque infantil aprovechado
que no hay ni mamás, ni papás, ni abuelos con los infantes, llamando a otras.
-Ven y súbete en el tobogán
Había que seguir paseando por el centro de los jardines para continuar recreándome, en las que sin temor a la
frialdad del agua plácidamente se siguen bañando,
o las que constituyen la mejor moqueta que cubre el embarrado sendero, en dirección al monumento dedicado al duque San Pedro de Galatino, aquel que nos dejó el maravilloso paseo en el tranvía de la Sierra, desgraciadamente desaparecido, quizás esta últimas hojas de mi paseo han ido a darle las gracias por aquella genial obra de ingeniería
o las que constituyen la mejor moqueta que cubre el embarrado sendero, en dirección al monumento dedicado al duque San Pedro de Galatino, aquel que nos dejó el maravilloso paseo en el tranvía de la Sierra, desgraciadamente desaparecido, quizás esta últimas hojas de mi paseo han ido a darle las gracias por aquella genial obra de ingeniería
El tranvía de Sierra Nevada
Con la mirada medio perdida, contemplando en la lejanía a un grupo de
palomas que picotean las hojas, que inundan el Paseo del Salón, en una especie
de despedida, saturado de colores que me los llevo grabados en la paleta de mi
mente, regreso a casa, para poderlos hacer realidad tecleando en el ordenador.
José Medina Villalba.







































