miércoles, 17 de mayo de 2017

"MIS TRES MARÍAS".


Ya, de comienzo, el título de este relato puede crear ciertas interrogantes entre los lectores que, con cierta asiduidad, dedican parte de su tiempo en leer mis relatos.
-¿Serán los nombres de tres miembros de su familia, hermana, tía, o prima?
-¿Serán tres de sus mejores amigas?
-Acaso, como está próxima la Semana Santa.  ¿Nos querrá hablar de María la madre de Jesús, de María Magdalena, de María de Betania, hermana de Lázaro?


No quisiera mudarme de barrio del Realejo, barrio por excelencia, a ese otro donde todos tenemos reservado un lujoso apartamento, con infinitas vistas al universo, donde no cuentan las hipotecas, donde no existen problemas de ninguna clase, donde la tónica que domina es la paz, el sosiego y la tranquilidad, sin antes hacer una apología a mis “tres Marías”.

                           Campo del Príncipe, en el Barrio del Realejo

Mi barrio, volviendo un poco atrás, de las líneas anteriormente escritas, es la espalda de la majestuosa Sultana, conocida mundialmente con el nombre de Alhambra, que sabe lucir sus encantos anterior y posteriormente.


La espalda de toda bella mujer realza su figura, cuando  luce al dejarla al descubierto.


“Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne; iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo. Aunque sólo sea una esperanza, porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe”. (Luis Cernuda).

                              Uno de los miradores del Realejo

El Realejo se parte en dos, como las espaldas de toda bella mujer, La Antequeruela Alta y la Baja, sus cármenes, sus callejas, sus miradores, donde las puestas de sol, con sus dorados rayos, dejan libar sobre la blancura de las fachadas de sus casas el color áureo, caricia de despedida, colofón de cada día, para dejar paso a las luminarias que penden de las esquinas, sacando el brillo al empedrado de sus calles.

                                            Una de las calles del Realejo. Calle Pañera
 Son deseo y al mismo tiempo esperanza de poderse llevar el encanto que aquí se encierra, aunque el deseo es sólo pregunta cuya respuesta nadie sabe.


                                          Lavadero en la Placeta Puerta del Sol, en el Realejo

Mi barrio, es presumido, sabe lucir sus encantos, pero al mismo tiempo algo egoísta, luce sus hechizos, pero no deja que nadie se lleve su embrujo, son deseos que no tienen respuesta.

                                               Una de mis actividades pedagógicas

Sí, querido lector, ellas, mis “Marías”, me acompañaron durante muchos años, siguieron el día a día de mis problemas cotidianos, me proporcionaron muchos de mis éxitos profesionales, me hicieron llegar a tiempo y hora a mis citas, unas veces de ocupaciones, otras de divertimento, colaboraron para que fuese puntual en mis agobios de trabajo y pudiera cumplir atendiendo a mi doble profesión, “disfruté con ellas”,



 e incluso fueron causa, y también hay que decirlo, pero en menor escala, de algún mal rato, inquietud o estropicio.

                                        Practicando la Pedagogía Manjoniana

Las tres, tal cual, me hicieron compañía durante muchos años, pasaron a mejor vida, o por decirlo de otra manera se fueron despidiendo de mí, una vez que consideramos de pleno acuerdo que ya no nos necesitábamos, bien porque habían envejecido, o porque los achaques propios de la edad no les permitían cumplir su labor correctamente.

                                     Otra de mis actividades. A.T.S.

-¡Pero bueno!, dirás, al deslizar visualmente tu mirada sobre estas líneas, usted es una aprovechado, sus queridas amigas, sus familiares…, o quien sean, porque estoy haciéndome un lío, sin aclararme de quien o quienes se trata, mientras le han dado rendimiento, ¡qué bien!, tan ricamente satisfecho, ahora cuando ya no rinden, rompemos la amistad y ¡sabe Dios!, donde habrán ido a dar con sus huesos.



Esta mañana al bajar a la cochera, escuché un lamento que salía del trastero, me acordé de mi última María.
-¿Será ella? Me pregunté.
-¡Oiga!, usted es un secuestrador, de modo que a su tercera María la tiene confiscada en el trastero.
-Vamos esto es el colmo, y además digno de delatar.
-Bueno todo tiene su explicación.
-Pues bien, ¡explíquese de una vez por todas, y aclare esta situación!


                                           Cuesta de San Gregorio en el Albayzín

Mis tres compañeras de fatigas y de placeres tenían unas características similares, bellas por fuera y con gran fuerza en su interior, capacidad para caminar, para subir las pendientes más difíciles que se les presentaran, saltadoras por las deslavazadas, empedradas y escalonadas calles del Albayzín, superando a cualquier corredor campeón de competiciones de vallas, veloces, para deslizarse y ganar al mejor velocista, y al final sin mostrar el mínimo síntoma de cansancio.



Quiero interrumpir, por momentos, este relato y hacerte, querido lector, la siguiente pregunta, que me va a manifestar, -claro, si me contestas- que estás leyendo este relato.
La pregunta es la siguiente: ¿a estas alturas sabrías decirme si tienes algún vestigio o asomo de descubrir, quienes son estas tres “Marías”?
 -¿No?
Entonces continúo dándote alguna señal más.




     Las tres se caracterizaban, además, porque tenían inclinación a vestir con atuendos que llevasen colores atractivos. Nunca las tuve a las tres, al mismo tiempo, junto a mí, conforme se iban desligando de mi persona, fueron sustituidas por las siguiente.



Mi primera “María”, siempre sintió simpatía por el tono de color celeste. La segunda por el azul ultramar, y la tercera por el color rojo, ésta última la tengo aún encerrada en el trastero.
-¡Así, ya está!, 
-¡sin más ambages, ni reparos lo dices públicamente!
-Qué barbaridad.

                                 Pueblo de Jayena, allí me estrené como maestro     
Era vísperas de Navidad, comenzaban las vacaciones que corresponden a estas fiestas familiares, y acompañado por mi querida primera “María”, dejaba mi pueblo, el primer destino que se me adjudicó después de sacar las oposiciones al Magisterio.



La mañana era sumamente fría, los campos de Jayena se cubrían del manto níveo de una gran nevada que los había envuelto, el cielo totalmente despejado se destacaba por el color azul intenso, el sol asomaba sus primeros rayos por la meseta de la sierra de la Resinera, y los carámbanos que pendían de los tejados, como finos cuchillos de cristal, comenzaban a gimotear, dejando caer lentamente las gotas de sus helados lamentos.


                                                Jayena
Las calles estaban totalmente desiertas, era temprano deseaba volver pronto a la ciudad, después de tres meses separado de ella, el frío del exterior se amortiguaba por el calor intenso que me embargaba, calor de satisfacción por haber cumplido mis primeros tiempos desempeñando la misión que había elegido y calor de reencuentro con mis seres queridos, mi familia.


El despertador de unos de los corrales dejó en el aire un kikirikíii, más bien tristón, que se quebró en sus últimas notas, secundado por los ladridos de los perros como respuesta a la ruptura de su plácido sueño. 

  
Salimos del pueblo, caminábamos despacio, la nieve crujía como respuesta a nuestras pisadas, parecía que le molestaba que se le rompiera su virginidad, y un reguero de huellas iban quedando detrás de nuestro caminar.



Una liebre se nos plantó delante, salida de la madriguera al borde del camino y se mantuvo firme hasta que estuvimos cerca, poniendo “pies en polvorosa”, (como hicieran los sarracenos cuando cerca del pueblo de Polvorosa fueron vencidos por el rey Alfonso el Magno rey de Asturias), para desaparecer detrás de unos matorrales.
 Nuestras huellas se fueron comiendo las minúsculas que había dejado nuestro pequeño “caballo amblador”.


Los montones de enormes, barrigudas, y cabezonas remolachas, recién paridas de la tierra esperaban impacientes, junto a un destartalado camión Ford, que hiciera mejor tiempo para trasladarse al lugar donde la convertirían en otra cálida nieve  de dulce sabor.
Las últimas luminarias de las farolas de la pequeña villa, se quedaban en la lejanía, apagándose pausadamente a mi vista.


     Habíamos caminado tres kilómetros aproximadamente, las riberas del Pantano de los Bermejales, teñida la hierba de un ocre pálido, se refrescaban con la escarcha de la mañana, doblemente blanqueada por la nieve caída; 

                                                   Una buena captura.     
 Los barbos, truchas y cangrejos, que días antes había estado requisando con mi amigo Fernando, próximo a recibir las órdenes mayores del sacerdocio, saltaban, no sé si para saludarnos, o alegrándose de que durante unas jornadas los iba a dejar tranquilos.


                                          Por los dominios de Agrón

Había que subir la dura cuesta que culmina en el pueblo de Agrón y las piernas me pesaban como si fueran de plomo, mi “María”, hacía rato, se había percatado, pero no sé si quiso poner a prueba mi resistencia física que no me había dicho nada.
Se acercó y me insinuó: súbete a mis espaldas, caminaremos más deprisa y podremos evitar que te puedas desmayar.


                                  Mi María me invitó para que me subiera a sus espaldas

-No, por favor, le respondí, haciéndome el valiente en un alarde de orgullo, disfrazado de falsa hipocresía.
Ella insistió, y en un santiamén, volábamos cual dos enamorados, plenamente compenetrados.


                                        Los llanos de las Ventas de Huelma

Después vendría Ventas de Huelma, la larga y rectilínea vía, conocida como la longaniza, que desemboca en ese pueblo que sabe a sal, pero no a marisma, La Malahá.


                                     Las salinas de la Malahá 

Desde el altozano después de pasar los estratos rocosos, collares con los que se adorna este pueblo, Las Gabias a la vista y el descanso al llegar a la capital.  


                                                           Mi hermana María

     Son muchos los avatares y aventuras que se sucederían durante el tiempo que estuvimos completamente hermanados, porque más que amigos fuimos casi como unos hermanos, sin que mi otra hermana, la que ejercía como matrona, en la Maternidad de la Seguridad Social se molestase, ni tomase ojeriza de esta “María”, que formaba parte durante todo el día de mi vida.



Recuerdo una mala pasada que nos jugó, una tarde primaveral cuando trayendo a colación aquellas estrofas:
Que por mayo era por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor;
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor;
cuando los enamorados
van a servir al amor…

Habíamos ido, la que después sería mi compañera de toda la vida, a uno de los prados próximos a la “Golilla”, lo que se conocía como “El Panderete de las Brujas”, de Granada, también percibido como monte Sombrero; 

                                                                El monte sombrero
es un antiplanicie, un cerro con forma de cúpula, redondeado en su centro, que desde la distancia aparenta un sombrero, parece ser que fue un antiguo lugar de reunión y celebración de ritos precristianos y también preislámicos durante los siglos de dominación musulmana.


Según cuenta la leyenda los monjes cartujos que se aposentaron en este lugar, en lo que fue un primer monasterio cartujo desaparecido, huyeron despavoridos cuando se percataron de los rituales “satánicos” y aquelarres que en el “Panderete” se celebraban.

                                             La Cartuja de Granada

 No es mi intención , amigo lector, imprimir a mi relato un barniz de pavor, sino más bien de sorpresa a lo que nos ocurrió en el susodicho lugar.
Nuestra compañera de aquella tarde de asueto, quizás celosa de los arrumacos dispensados a mi amada, salió corriendo y nos dejó tirados, más bien a ella, pues yo conseguí asirme a su falda y hacer que volviera para recoger a la mujer de mis sueños.

                                             Maletín para portar las herramientas de A.T.S.

-Dejemos pues, a esta “María y vayamos con la segunda.
“María la de ultramar”, así la llamaba por el color azul ultramar que tenía, también fue mi compañera inseparable.

                                          Utensilios de A.T.S.

Me ayudó mucho en mi trabajo profesional como practicante del barrio del Albayzín, me acompañaba en todos mis servicios a domicilio y no quería que me molestase en llevar el maletín donde portaba todo mi equipo de trabajo: tensiómetro, jeringas, vendas, pinzas, esparadrapo, gasas…, jamás entró en el domicilio de mis pacientes, siempre impertérrita, como centinela que hace guardia en la garita, me esperaba en la puerta.


Una mañana la encontré “llorando” en la puerta del Café Fútbol, en la Plaza de la Mariana, me recriminó muy enojada y de forma exasperada, llena de rabia y de furia, que hizo a los que tranquilamente tomaban café con sus complementarios churros, dejaran sus aposentos y saliesen a ver qué es lo que pasaba.
-¿Qué pasaba?, te estarás preguntado.
-Te lo cuento.

                                                Plaza de Marina Pineda

Aquel día fue uno de esos que el agobio de trabajo fue descomunal, mis últimos servicios los había realizado por aquel lugar, del llamado “Campillo”, donde está la heroína Mariana Pineda petrificada, subida en su pedestal, riendo a carcajada limpia, de ver la faena que le iba a gastar a mi compañera. Tal era mi estado mental, que marché a casa, muy próxima en el barrio del Realejo, sin acordarme de mi “María de Ultramar”.
 Soñé con el paraíso y con mi compañera de fatigas, quizás ella me estaba llamando, en esa narcosis profunda, en la que me encontraba inmerso.

                                              Café Fútbol

Muy servicial y fiel cumplidora de su deber permaneció, cual columna inmóvil, en el lugar que la había dejado, durante toda la noche, de ahí el enfado manifiesto y más que justificado de aquel imperdonable abandono.
Trabajó conmigo hasta la extenuación, incluso cuando de madrugada tuve que salir a realizar algún servicio de urgencia, lloviera, nevara, estuviese helando o cayendo chuzos de punta, siempre la tuve a mi lado.


La cuidaba, la mimaba, más de una vez en el silencio de cualquier calleja albayzinera le decía: ¡te quiero!
Semanalmente la enjabonaba, la bañaba y le daba un retoque de maquillaje.
-¡Pero bueno!, esto es el colmo, a qué extremo hemos llegado, ¿dónde está el recato y el pudor?


¿Un hombre entrando en la toilette de una señora amiga, para intervenir en los quehaceres más íntimos de una dama?
¡Qué horror!
-Tranquilidad, queridos lectores.
Tanto fue el trabajo que realizó, tales las fatigas y sufrimiento durante muchos días y horas a mi lado, que un día me dio uno de los mayores disgustos y aflicciones de mi vida.  
-¿Qué ocurrió?
- ¡Me tienes en vilo!


Como acostumbraba a llevarme sobre sus espaldas, sobre todo cuando me encontraba más cansado, una de esas tardes lluviosa del mes de abril en una calleja, donde el agua había arrastrado una gran cantidad de barro, nos vimos sorprendidos y nuestras plantas y cuerpos atrapados sin podernos mover; hice, una y otra vez, todos los esfuerzos humanos, pero imposible, sin embargo mi “María”, cogiéndome fuertemente por la cintura y empleando toda la garra y el vigor de que era capaz en un esfuerzo titánico me sacó.
¡Gracias María!, exclamé dando un grito de alegría.
Ella no me contestó, cayó desvanecida en el lodo en estado de inconsciencia.


Poco después las sirenas de la ambulancia de la Cruz Roja, la llevaban a la UCI.
Esperé impaciente y alarmado el diagnóstico. Un señor con bata azul me daba el resultado, su “María” agoniza, ha entrado en coma, no tiene solución se ha partido el espinazo.
Fueron muchos los días de tristeza los que me embargaron, muchos los recuerdos vividos con “María la de Ultramar”, pero el deber y el trabajo no entienden de problemas y no tuve más remedio que darle entrada a mi tercera “María”.

                                   ¿El harén del escritor?

-Pero, vamos a ver, usted lo que ha tenido es un harén.
-No señor mío, porque tres fueron mis compañeras, pero no juntas.
La tercera “María”, siempre se vistió de rojo, no es que fuera de la filosofía o del pensamiento de Karl Marx, sino porque era mi vecina, cuando vivía en el Paseo de los Tristes, tenía mucha amistad en mi domicilio con mi familia y se prestó a ser la sustituta de la de “Ultramar”, así le llamábamos a la recién fallecida.


Cumplió perfectamente con su misión y aún vive, aunque enferma y achacosa.
Lo mismo que las anteriores, podría contar infinidad de anécdotas, pero como el relato se está alargando demasiado, simplemente me voy a limitar a la siguiente:

                                               Camino del Sacromonte

La noche arrastraba el calor excesivo de un día del mes de agosto, mi “María” se quejaba de no poder tener fuerzas para continuar funcionando. Bajábamos por el Camino del Sacromonte,  dirección a la Cuesta del Chapiz, eran las once de la noche, pausadamente nos habíamos recreado en la maravillosa panorámica que desde allí se divisa, la Sultana Alhambra se había vestido con sus mejores galas, luciendo el aterciopelado color naranja de sus luminarias, 

                               La Sultana Alhambra duerme su sueño dorado todas las noches

el verdor del bosque, que se asienta a sus pies, se había tornado en un verde vejiga, mezclado con un esmeralda en la copa de los árboles, ayudados por la magia de la blanca luz de los focos escondidos entre sus muslos.
Había una sinfonía acuática que salía de lo hondo del Valle de Valparaiso, de un arroyo llamado Dauro, mermado de líquido por la fuerza del ardor veraniego, que se unía a los rasgueos de las guitarras, de los cantes y bailes de las zambras gitanas, 

                                              Zambra gitana

formando en conjunto, un concierto sinfónico, en el mejor escenario del mundo, con bambalinas y decorados naturales, el cielo azul intenso, los luceros y estrellas, y una luna llena, hermosa como ella sola, directora mágica de esta orquesta, con batuta en mano, la brisa suave que venía de Jesús del Valle.


-¿Qué no lo conoces?
- Eso que te pierdes, ven a Granada y no dejes de visitarla.
Todo era placer, después de un día duro de calor y trabajo, como satisfacción personal de mi “María” y mío, pero aquí aquel refrán que dice: “no hay mal que por bien no venga”, se volvió del revés.

                                               Peso de la Harina

Desbocamos en el Peso de la Harina, al conectar con el Chapiz, un coche color rojo, aún lo tengo en mi pensamiento, mal dirigido por el conductor, se dirigió hacia nosotros y nos arrastró.

                                                   Cuesta del Chapiz

“María” y yo, fuertemente abrazados unidos por el fuerte dolor del golpe y del desplazamiento hasta la puerta del Carmen de la Victoria, sufrimos las consecuencias; ella unos rasguños de los que pronto se recuperó, en cambio yo sentí un fuerte y agudo dolor en el hombro derecho. La clavícula se había roto y cualquier movimiento hacía que ambas partes rozaran y el tormento era intensísimo.


Pero todo pasa, no hay mal que por bien no venga.
-¿Has sacado la conclusión de quienes fueron mis tres inseparables “Marías”?
-¿No?
Serán varias las cábalas que habrán pasado por tu mente durante la lectura, algunas quizás con un poco de picaresca o mal intencionadas.


-No, amigo mío, he utilizado un lenguaje un poco metafórico, con el fin de mantenerte en vilo hasta el final, y para dar a conocer una mínima parte de mi actividad cotidiana durante muchos años, ahora son otras.
Tengo el gusto de presentarte a mis tres “Marías”, las inseparables y en gran medida las colaboradoras de mis éxitos y fracasos.


Mis tres Vespas, en su honor y por su colaboración y compañía les dedico este relato.
-¿Dónde está la “María roja”?
En el trastero de la cochera durmiendo el sueño de los justos.

                                         Mi primera "María", por el Albayzín

                                  José Medina Villalba