martes, 14 de enero de 2020

 GRANADA EL HADA MÁGICA Y EL LAGO DE LOS CISNES

Érase una vez…..así suelen comenzar todos los cuentos pero no todas las narraciones son lo mismo, ni todas suelen tener el igual  final. 


Nuestro cuento de hoy es uno que, aunque parezca extraño, nosotros, tú querido lector, yo, e incluso aquel que no va a leer este pasaje podemos ser el duende, el hada, el elfos, la bruja, el ogro, el trol, el gigante, la sirena, o el propio encantamiento en una ciudad con todo lo que en ella se encierra  como es nuestra Granada. 

                                             Camino del Avellano
El viento suave, la brisa invisible que se percibe todas las mañanas, que nos rasga el rostro como una suave cuchilla de rasurar, baja por todo el valle de Valparaiso como llave para dar los buenos días a la ciudad, descorrer y abrir la puerta mágica de un cofre, que encierra grandes tesoros y joyas, dando comienzo a un nuevo día. 

                                Abadía del Sacromonte, desde el Cerro del Sol
 Mientras, el marcador del tiempo en todo lo alto de este edificio renacentista  deja caer parsimoniosamente las campanadas de las ocho de la mañana, como golpes de martillo sobre el yunque de una fragua gitana en el Sacromonte, cuando caminamos contemplando la grandeza arquitectónica de nuestra Chancillería en Plaza Nueva, con una temperatura gélida de cuatro grados, esa va a ser la voz de nuestra hada mágica en este cuento que comenzamos, donde se van a aunar la brisa, con la voz de bronce,  constituyendo la magia de nuestra ciudad. 

                                         Plaza de Isabel la Católica

Esa voz angelical se encuentra en el susurro misterioso de las cristalinas aguas del Darro y del Genil, sabias aguas de cristal que guardan tesoros de fábulas y leyendas, de buscadores de oro en las entrañas de un paraje donde se asienta entronizada la más grande de las Sultanas, la Alhambra, la amante y prometida de todos los tiempos del Albayzín, lugar donde había una vez una gallina que ponía huevos de oro, y la de un pajecillo que pagó por  los amores secretos en un romance en el Palacio del Castril, dejando partir su alma a través de una soga colocada en el cuello,  y aún sigue esperando la justicia, “Esperándola del Cielo”, o el tesoro, en la casa del cura, Casa de los Migueletes, enterrado debajo de la fuente en el patio de la Calle Benalúa, que un día enriqueció a un arruinado tallista. 

                            Casa del Señor del Castril. "Esperándola del Cielo".

En los atardeceres, cuando los cabellos dorados del Sol se arrastran por la Carrera del Darro aferrándose  al ramaje de la fronda del bosque alhambreño, porque les da miedo ser cobijados por las oscuras y tenebrosas sábanas de la nocturnidad, mientras los jilgueros dejan en el aire su melódica sinfonía para dormir a la Sultana, ahí en esa mezcolanza surge la voz de nuestra hada. 

                                       El bosque alhambreño
Nuestra hada se viste con el terciopelo de los paisajes que inundan la vista cuando se contemplan desde sus miradores: San Nicolás, San Cristobal, San Miguel Alto, cerrado por la muralla de D. Gonzalo para que no le puedan arrebatar tanta belleza los  troles y elfos al acecho. 

                                         Mirador de San Cristóbal
Se corona con la diadema de rubíes, esmeraldas y diamantes encajados con engarces de platino a la perfección por artesanos y orfebres: Catedral, Cartuja, Capilla Real, Madraza, Conventos, iglesias, Monasterios que encierran tesoros artísticos, Palacios y Centros donde anida y se desarrolla le Cultura… se duerme bajo un cielo celeste de estrellas y luceros, se cubre con la sábana nívea de Sierra Nevada, vigilando su sueño una Luna de luz plena, cantos de nanas, la arboreá, martinetes, bordones que suenan a  toques de zambras gitanas, para despertar toda plena, lavarse la cara en sus fuentes, y bañarse en las aguas de nuestro Mare Nostrum, saliendo toda majestuosa para secarse con la inmensa toalla del verdor de las Alpujarras y la Vega, entre alamedas y choperas al borde del Genil. 

                            Fuente del Paseo de los Tristes, donde la Alhambra se lava la cara

¡Granada!, nada más pronunciar tu nombre se rinden a tus plantas todas la grandezas de la Tierra, porque tú por si sola eres la reina de la mayor magnificencia, derramando generosidad en todos los aspectos a raudales, símbolo de pureza, ninfa de encantamiento selecto, tu voz es magia selecta, mientras tus troles  siempre al acecho para enmascararte destruyendo tu belleza. ¡Granada!, ¡mi Granada! la del Albayzín y la del Realejo, la de sus monumentos y sus gentes nunca caerás en el olvido.
Éste ha sido el cuento de hoy, que podríamos titular: “Granada la gran hada”.
 Aquí tenemos otro cuento de hadas, “El Lago de los Cisnes.


La obra transcurre entre el amor y la magia, enlazando en sus cuadros la eterna lucha del bien y del mal. La protagonizan el príncipe Sigfrido, enamorado de Odette, joven convertida en cisne por el hechizo del malvado Von Rothbart y Odile el cisne negro e hija del brujo.




Es el vigésimo primer cumpleaños de Sigfrido, y el joven príncipe está celebrando la ocasión en el jardín de su palacio. Jóvenes de los estados de alrededor han venido a rendirle tributo. Cuando todos empiezan a divertirse en la fiesta, el buen humor es perturbado por la entrada de la Reina y sus damas de honor.




 Ella observa a sus amigos con considerable desdén. Sigfrido se altera cuando su madre le señala que debe escoger pronto una esposa.
Su indicación, en el fondo, es una orden, y Sigfrido la rechaza obstinadamente. Mañana por la noche, su cumpleaños se celebrará formalmente con un baile en la corte, y allí, entre las más hermosas damas de la comarca, debe escoger a su futura esposa. 



Sigfrido ve que toda discusión es imposible y parece que se somete a su voluntad. El Bufón, intenta restaurar el espíritu de la feliz ocasión. La noche comienza a caer. El Bufón, su amigo, sabe que Sigfrido debe distraerse en lo que queda de la velada. 



Oye el sonido de alas agitadas por encima, mira hacia arriba y ve en el cielo hermosos cisnes salvajes en pleno vuelo. El Bufón sugiere que el príncipe forme una partida de caza y vaya en busca de los cisnes. Sigfrido accede.


La partida de caza comienza. A una pequeña distancia de ellos, se están deslizando plácidamente los cisnes. Conduciendo al grupo de cisnes hay una hermosa ave. 





El príncipe camina a lo largo de la orilla del lago hacia los cisnes; cuando está a punto de seguirlos ve algo en la distancia que le hace vacilar. Se para cerca de la orilla, luego se retira rápidamente a través del claro para esconderse. Ha visto algo tan extraño y extraordinario que debe observarlo detenidamente en secreto.





Apenas se ha escondido, entra en el claro la más hermosa mujer que nunca ha visto. No puede creer lo que ven sus ojos, puesto que la joven parece ser a la vez cisne y mujer. Su hermosa cara está enmarcada por plumas de cisne, que se unen a su pelo. Su vestido, puro y blanco está embellecido con suaves plumas de cisne, y en su cabeza descansa la corona de la Reina de los Cisnes. 


La joven piensa que está sola y aterrorizada, todo su cuerpo tiembla, sus brazos se aprietan contra su pecho en una actitud, casi desvalida, de autoprotección; retrocede ante el príncipe, moviéndose frenéticamente, hasta el punto de caer desesperadamente al suelo. 


El príncipe, ya enamorado, le ruega que no se marche volando y ante su miedo el príncipe le indica que nunca le disparará, que la protegerá. Ella es Odette. El príncipe la saluda y dice que la honrará, pero le pregunta, que ¿a qué se debe que sea la Reina de los Cisnes? El lago, le explica, fue hecho con las lágrimas de su madre. 



Su madre lloraba porque un hechicero malvado, Von Rotbart, convirtió a su hija en la Reina Cisne. Y seguirá siendo cisne, excepto entre la media noche y el amanecer, a no ser que un hombre la ame, se case con ella, y le sea fiel.




Sigfrido apoya las manos en su corazón y le dice que la ama, que se casará con ella y que nunca amará a otra, y promete su fidelidad. Ahora, indignado por el destino de su amor, quiere saber dónde se esconde Von Rotbart. 





Justo en este momento, el mago aparece a la orilla del lago. Su cara parecida a la de un búho es una odiosa máscara, tiende sus garras haciendo señas para que Odette vuelva a él. Von Rotbart señala amenazadoramente a Sigfrido. Odette se mueve entre ellos, suplicando piedad a Von Rotbart. 



El príncipe le dice que debe ir la próxima noche al baile de palacio. Acaba de cumplir la mayoría de edad y debe casarse, y en el baile debe escoger a su novia. Odette le replica que no puede ir al baile hasta que no se case -hasta que Von Rotbart no deje de tener poder sobre ella- de otro modo el hechicero la descubriría y su amor peligraría.




El baile está a punto de comenzar. Embajadores de tierras extranjeras, ataviados con sus brillantes trajes nativos, han llegado a rendir tributo al príncipe en su cumpleaños. Se anuncia la llegada de cinco hermosas muchachas, invitadas por la Reina como posibles novias para su hijo. Sigfrido, piensa sólo en el claro a la orilla del lago y en su encuentro con Odette. Su madre le inquiere a que baile con sus invitadas.


Baila de forma automática e indiferente y se sume en una profunda melancolía. Un heraldo se apresura a informar a la Reina de que una extraña pareja ha llegado. 


No sabe quiénes son, pero manifiesta que la mujer posee una extraordinaria belleza. Un caballero alto y con barba entra con su hija. Cuando el caballero se presenta a si mismo y a su hija Odile, a la Reina.



 Sigfrido -perturbado casi hasta perder el control mira fijamente a la hermosa joven. Está vestida de sobrio negro, pero es la viva imagen de su querida Odette. 


Se trata de Von Rotbart, que se ha transformado a si mismo y a su fingida hija para engañarlo y rompa la promesa hecha a Odette de que nunca amará a otra.
La Reina tiene ahora esperanzas de que su hijo se case con una dama de rango, como Odile aparenta ser, e invita a Von Rorbart a sentarse a su lado en el estrado.


Odile ha logrado enamorar a Sigfrido y éste piensa que no es otra que Odette. Mientras bailan los dos jóvenes Odette se deja ver en la distancia y hace señales a Sigfrido de que si continúa en esa actitud puede ser fatal para ella.



 Luego, Sigfrido se aproxima a Von Rotbart y pide la mano de Odile y éste da inmediatamente su consentimiento. En ese momento hay un estrépito de trueno. La sala de baile se oscurece. Rápidos destellos de luz muestran a los asustados cortesanos abandonando el salón de baile, a la princesa madre aturdida, y a Van Rotbart y Odile de pie ante el príncipe en triunfo final de autorrevelación. 




Sigfrido no puede soportar sus risas odiosas y crueles, y se vuelve para ver en la distancia la patética figura de Odette. Buscándole desesperadamente, con su cuerpo agitado por los sollozos. Cae al suelo atormentado por su falta.



Cuando los amantes han dejado el claro, las huestes de Odette, todos los cisnes que, como ella misma, asumen forma humana sólo en las horas entre la medianoche y el amanecer, entran bailando desde la orilla del lago.


El baile está a punto de comenzar. Embajadores de tierras extranjeras, ataviados con sus brillantes trajes nativos, han llegado a rendir tributo al príncipe en su cumpleaños. Se anuncia la llegada de cinco hermosas muchachas, invitadas por la Reina como posibles novias para su hijo. Sigfrido, piensa sólo en el claro a la orilla del lago y en su encuentro con Odette. Su madre le inquiere a que baile con sus invitadas.



Baila de forma automática e indiferente y se sume en una profunda melancolía. Un heraldo se apresura a informar a la Reina de que una extraña pareja ha llegado. No sabe quiénes son, pero manifiesta que la mujer posee una extraordinaria belleza. Un caballero alto y con barba entra con su hija. Cuando el caballero se presenta a si mismo y a su hija Odile, a la Reina.



 Sigfrido -perturbado casi hasta perder el control mira fijamente a la hermosa joven. Está vestida de sobrio negro, pero es la viva imagen de su querida Odette. Se trata de Von Rotbart, que se ha transformado a si mismo y a su fingida hija para engañarlo y rompa la promesa hecha a Odette de que nunca amará a otra.



La Reina tiene ahora esperanzas de que su hijo se case con una dama de rango, como Odile aparenta ser, e invita a Von Rorbart a sentarse a su lado en el estrado.



Odile ha logrado enamorar a Sigfrido y éste piensa que no es otra que Odette. Mientras bailan los dos jóvenes Odette se deja ver en la distancia y hace señales a Sigfrido de que si continúa en esa actitud puede ser fatal para ella. Luego, Sigfrido se aproxima a Von Rotbart y pide la mano de Odile y éste da inmediatamente su consentimiento. En ese momento hay un estrépito de trueno. La sala de baile se oscurece. Rápidos destellos de luz muestran a los asustados cortesanos abandonando el salón de baile, a la princesa madre aturdida, y a Van Rotbart y Odile de pie ante el príncipe en triunfo final de autorrevelación. Sigfrido no puede soportar sus risas odiosas y crueles, y se vuelve para ver en la distancia la patética figura de Odette. Buscándole desesperadamente, con su cuerpo agitado por los sollozos. Cae al suelo atormentado por su falta.
Las doncellas cisne se han agrupado a la orilla del lago. Cuando aparece llorando, intentan consolarla. Le recuerdan que Sigfrido es solo un humano, que podría no haber conocido el hechizo, y podría no haber sospechado del plan de Von Rotbart. 



Sigfrido entra corriendo en el claro y busca frenéticamente a Odette entre los cisnes. Le toma entre sus brazos, pidiéndole que le perdone y jurándole su amor infinito. Odette le perdona pero le dice que no sirve para nada, pues su perdón se corresponde con su muerte. Cuando aparece Von Rotbart, Sigfrido le desafía, quien tras la lucha, es vencido por la fuerza del amor del príncipe a Odette.



Todo terminó felizmente como lo demuestra, el estado de ánimo que surgía entre los espectadores que habían disfrutado de la asistencia a este espectáculo, un hada más de las muchas que perennemente existen en la ciudad de Granada.





                                  José Medina Villalba.
  

jueves, 9 de enero de 2020


  LA GRAN GALA DEL AÑO
DEL GÉNERO CHICO A LA TRADICIÓN VIENESA

La noche azul caía sobre Granada, el Sol a regañadientes intentaba despedirse lentamente agarrándose con fuerza al varal de la cuna del horizonte dejando su voz de color expandirse por el firmamento, con pigmentaciones que hablaban un lenguaje de vidriera acristalada; pinceladas efímeras, manos extensas y alargadas que intentaban  asirse a la mirada de los que extasiados las contemplábamos,  lazos rojos, rosados, amarillos, anaranjados que nos encandilaban, y los arrebatábamos dejándolos prendidos en nuestras inquietas, nerviosas, y ávidas cámaras, que hurtaban lo que ante nuestra presencia nos deslumbraba. 


-¡Aquí, aquí!, se oyó decir a una señorita completamente emocionada indicándole a su acompañante, para que dejara plasmada la belleza de una despedida del Sol, con la no menos de su figura entre los palmerales de los jardines del Auditorio Manuel de Falla.


La ciudad intentaba dormirse cubriéndose con el manto de la oscuridad, luciérnagas que no quieren ser arrebatadas por el sueño, lucesitas deambulando por acá y por acullá, edificios que se espabilan guiñando ojos en ventanales, un gigantesco pino artificial que se empequeñece en la distancia, y el contorno de una Sierra Nevada que se ondulaba acariciada por los suaves tonos que se iban apagando. 





Uno de las grandes sultanes que emerge en la colina como vigía en el altozano, haciendo guardia y mirando continuamente a la ciudad en Sierra Nevada y su Poniente la Vega, grandiosa puerta por donde todos los días, el Sol, actor principal de esta comedia diaria, se marcha haciendo mutis por el foro. 



El Hotel Alhambra Palas, el que construyera Julio Quesada Cañaveral, Duque de San Pedro de Galatino, esta noche resplandecía cual faro hacia el que se dirigían las miradas de los que habíamos venido a participar en la Gran Gala de Año Nuevo. 


                                            El Duque de San Pedro de Galatino




Había una claridad especial que se refleja en el brillo de las hojas de los magnolios, en el resplandor verde de los pinos que se unía al agonizante que se iba difuminado en el lejano horizonte, era un espectáculo de lujo a estas horas preludio del concierto, toda aquello hacía retraerse a la gente para entrar en el Auditorio, donde iba a desarrollarse música de gran calidad, más en el exterior también había otra música especial, que se percibía por la vista, dirigida bajo la batuta de un magnífico director, la avidez del espectador por captar todo  un conjunto de elementos naturales, en los que cada uno tocaba en silencio el instrumento que le correspondía.





La orquesta del bosque nos daba los primeros compases, primicias de un concierto, escuchando desde la balconada las notas bien afinadas en un “La” natural, en el pentagrama de la escala musical. 


                                            El concierto de la Naturaleza

Conjunto filarmónico de aves colocadas en sus ramas revoloteando y saltando de unas a otras, jilgueros amarillos verdaderos violines lanzando al aire cadencias en una noche fría, pero al mismo tiempo templada sinfónicamente, se cernía entre murmullos de conversaciones ininteligibles. La mirla verdadero fagot con su sonido bronco se unía a este concierto, mientras un cucú desorientado era un redoble de tambor con su repetitivo soniquete, una lechuza dejaba un sonido de melancolía, violonchelo susurro de nostalgia añorada, constituyendo todo una obertura preliminar antesala de  lo que nos aguardaba.


                                         El concierto musical  de la Naturaleza

 Un pavo real sacando pecho todo enseñoreado, se acercó desde el Carmen de los Mártires, próximo a este lugar, el arpa más brillante que pudo tener este conjunto musical, al que se le unió un gallo protestón, con su kikirikí, llegado de la Antequeruela, donde aún se mantienen congelados en el aire las notas musicales de un piano tocado por unos dedos delgados y ágiles, en el encantamiento del “Amor brujo”.  





El concierto nos espera, hay que dejar el exterior para acomodarse cada cual en el sitio correspondiente.
Caras expectantes comentando el programa y su gran contenido que nos iban a embargar completamente durante un espacio de dos horas
.











Los aplausos acogen a los jóvenes intérpretes y a su director, se presentan en un escenario donde se encuentran situados en su orden correspondiente, todos los atriles portadores de las partituras que se han de interpretar.





  Descorrería la cortina para dar comienzo al espectáculo, el preludio de uno de los mayores éxitos de Chueca,  "Agua, azucarillos y aguardiente", obra que el propio autor clasificó como «pasillo veraniego» y que así consta en la partitura.



Ricardo J. Espigares Carrillo, con la batuta en la mano, supo hacer alardes de una elegancia especial dirigiendo a los setenta y cinco componentes de la orquesta, moviéndose al ritmo que marcaban las composiciones, elevando las manos para tomar vuelo,  agachándose para bajar la intensidad, bailando, gesticulando de un lado para otro dirigiéndose a cada lugar según le correspondía la intensidad o fuerza participativa de cada grupo de instrumentos, ya fueran de viento, cuerda o percusión, soberbio y magistral en todo momento, mereció los aplausos de un público enfervorecido.




A pesar del ir y venir de modas musicales, todos, hasta los más jóvenes, especialmente en las Fiestas del Pilar, hemos oído en alguna ocasión aquello de “Grandes para los reveses, luchando tercos y rudos, somos los aragoneses, gigantes y cabezudos” o “P’al Pilar sale lo mejor, los gigantes y la procesión”



Vendría después Romanza de Pilar. “Esta es tu carta” magníficamente interpretada por la soprano Rocío Faus.





Luisa Fernanda es una zarzuela, comedia lírica en tres actos, de Federico Moreno Torroba y libreto de Federico Romero Sarachaga y Guillermo Fernández-Shaw Iturralde. Fue estrenada en el Teatro Calderón de Madrid el 26 de marzo de 1932. Era la cuarta zarzuela de Torroba, y su primer gran éxito.​ La acción de esta zarzuela comienza en la ciudad de Madrid, durante el reinado de Isabel II, en los momentos previos a la revolución de 1868, y acaba en una casa extremeña tras el destronamiento de Isabel II con La Gloriosa



“En mi tierra extremeña”, a dúo entre Pablo Gálvez y Rocío Faus. Romanza de Vidal- “Lucha la fe por el triunfo”.





La Revoltosa es un sainete lírico de un acto, con libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw, y música compuesta por el maestro Ruperto Chapí. Fue representada por primera vez el 25 de noviembre de 1897 en el teatro Apolo de Madrid. 



Considerada junto con La verbena de la Paloma como una de las obras cumbre del género chico, es una de las piezas fundamentales en donde se aprecia la maestría del libreto y de la música.
El libreto es un fiel reflejo de los ambientes vecinales de finales del siglo XIX, haciendo un fiel retrato de tipos y situaciones, debido a dos grandes expertos libretistas, José López Silva y Carlos Ferández Shaw, que trasladan a la escena todo el sentir y la realidad del Madrid de esos años.
La música es uno de los elementos más valorados de este sainete. Ruperto Chapí crea una verdadera obra sinfónica y popular que cautiva desde las primeras notas de su preludio, creando una partitura en la que lo culto y lo popular se dan la mano como nunca. 





Para terminar esta primera parte vendría el intermedio dedicado a “La Boda de Luis Alonso”.
La acción tiene lugar en Cádiz, donde está a punto de celebrarse la boda del maestro de baile más famoso de la ciudad, Luis Alonso, que se casa con una mujer mucho más joven que él. El bailarín siente celos de Gabrié, el ex de María Jesús, lo que provoca que Gabrié les gaste una pesada broma en la boda gritando que hay una estampida de toros. Los invitados y el propio Luis Alonso salen huyendo. Gabrié y María Jesús se quedan así solos y él la reprocha que se case con alguien tan viejo. 




Llegaría el descanso y con él los comentarios propios de un disfrute polifónico, por la gran calidad musical e interpretaciones de las dos voces artísticas. 



Con Poeta y aldeano en su obertura de F. von SUPPE, daría comienzo la segunda parte.
 Opereta en tres actos de Franz von Suppé (1819-1895), estrenada en Viena el año 1846. A la pequeña posada de una aldea campestre ha llegado el poeta Fernando Rümer, que en la descansada paz del lugar espera encontrar consuelo por el reciente abandono de su amante.





Se enca­pricha de la graciosa Lina, hija del posa­dero, que le parece dispuesta a olvidar a su novio, Conrado, un joven aldeano del país. Pero entre tanto Herminia, la amante del poeta, arrepentida y deseosa de recon­quistar su amor, ha seguido sus huellas, acompañada de un anciano noble que as­pira a su mano y por su amor la sigue fatigosamente. Herminia, una vez ha encon­trado a Fernando, no tarda en reconciliarse con él, con gran desesperación del viejo enamorado.








Seguiría Danzas húngaras números 5 y 6 de J. BRAHMS
Johannes Brahms, es un grupo de veintiuna alegres danzas, basadas su mayoría en temas húngaros, compuestas en 1869.​ Las danzas 11, 14 y 16 son originales. Duran entre uno y cuatro minutos. Brahms originalmente las compuso para piano a cuatro manos, y luego arregló diez de ellas para piano solo, y algunas otras para orquesta. Quizás la más conocida es la «Danza Húngara n°5».





De todas las Danzas húngaras se han hecho innumerables versiones clásicas, acústicas, con nuevas tecnologías. En ellas se encuentran algunas de las piezas más populares del compositor. Además, las danzas húngaras influenciaron a muchos compositores clásicos en la composición de sus obras, en especial a Antonín Dvořák, claramente apreciable en su serie de Danzas eslavas. 





El Danubio Azul. Tocar este río es hacer que mi mente vuelva a recordar las delicias de unos días en el Crucero Esmeralda. 





 El crucero Esmeralda, una más entre las verdes esmeraldas de sus aguas, verde azulado, azul para los enamorados, verde para los embelesados de la Naturaleza, que es otra forma grande de amar en un río llamado Danubio, va navegando deslizándose, unas veces lento, otras velozmente, sobre la superficie sedosa que parece inamovible, da la impresión que lo que se mueve es el paisaje que le rodea, 



el espejo continuo donde el crucero se maquilla y acicala con halagos, va sin temor confiado cumpliendo su destino, la hélice da el impulso el capitán le marca su camino. Cielo y agua esponja de cristal, agua y cielo para finalizar.





Este concierto que pasará a los Anales del Libro de Oro de Juventudes Musicales, convertiría el Auditorio al completo, en otro instrumento más de percusión que se uniría al resto de instrumentos con sus palmas perfectamente acopladas,  bajo la dirección de la batuta del maestro y director, era el regalo como bis al programa con la famosa Marcha Radetzki.  





El concierto ha marcado un hito, no solo por la parte que le corresponde al organizador Juventudes Musicales, sino a los que tuvimos la suerte de alimentarnos de él. 



La noche no fue una más, sino una de tantas donde el duende de la ciudad de Granada se había introducido en  el cuerpo de los asistentes, se palpaba en el regocijo externo y en la sensación de placidez interior. 





Las radiaciones musicales que habían comenzado en un atardecer con la batuta de un concierto vespertino, donde los jilgueros, afinaban entre las palmeras de los jardines de la Antequeruela, se despedían con otra sinfonía, el brillo dorado de la cúpula del Hotel Palas, las luciérnagas que pululaban en la lejanía, aplausos de la ciudad en el trasfondo, el velo que cubría a las palmeras para no quitarle brillantes y sobre todo la emoción interna y el disfrute de todo lo que en esta noche, preludio de entrada al 2020 se había disfrutado.







                                José Medina Villalba