miércoles, 10 de septiembre de 2014

REMEMBRANZAS ALBAICINERAS. EL ALBAYZÍN ZARANDEADO.

Uno se siente tan ligado al pasado, que no sé si por los años que en estos momentos se llevan colgados a las espaldas, te hacen volver a rememorar hechos del ayer que, en estos instantes,  se deslizan como ocurridos hace unos segundos.

                                                La bella ciudad de Granada
Granada es mi ciudad, es mi pequeña patria chica, y dentro de ella las raíces que sostienen mi cuerpo se bifurcan y obtienen el alimento que me ha dado mi consistencia de vida en algún lugar concreto, en mi querido barrio del Albayzín.

                                                Mis raíces están en el barrio del Albayzín.
Es cierto que cuando los años pesan, cuando el caminar se va haciendo cada vez más lento, por la carga de tantos sucesos acaecidos, cuando el trascurrir de la vida ha pasado como el tren que a toda velocidad transita  sin dejar rastro, 




y solamente se escucha el silbido del viento que ha ido abriendo en su caminar,  o la del avión  que pasa rompiendo la barrera del sonido, cuando los sucesos cotidianos no dejaron huella por la velocidad con la que han pasado, uno se siente en determinados momentos como flotando en una neblina, que me sostiene y a través de ella se hacen presentes los sucesos de la infancia y de la juventud, más que todo el bagaje de acontecimientos que transcurrieron durante toda una vida.

                                                Las flores también duermen por la noche

                                              Elegantes como un vestido de gitana
El perfume de los dompedros del jardín, a la entrada del Colegio del Ave María, mustios durante la noche, porque las flores también duermen, y elegantes abriéndose con la fuerza de los rayos del sol, durante el día; cuando llega el amanecer y perciben la suave caricia, al rayar el día, comienzan a desperezarse como cualquier hijo de vecino, y al llegar el imperioso calor de los rayos solares, en la plenitud de la jornada, se abren con tal intensidad dejando al descubierto la belleza de sus cuerpos para disfrute de los humanos; rojos, amarillos, violetas, con tonalidades diversas y, con irradiaciones múltiples parecían, o al menos siempre los vi, como los mejores vestidos que una gitana puede lucir. 

                                              La semilla de los dompedros, bolitas negras
Se marchan todos los años cuando menos te lo esperas sin decir adiós, para aparecer de nuevo, cuando llega el verano, sin necesidad de sembrarlos. Su semilla, pelotitas negras, de piel rugosa, pero blancas, completamente blancas, por dentro, cuando se me ocurría clavarles el diente para descubrir lo que había en el interior, me agradaba el aspecto de los polvos lechosos que encerraba. 

                                                     Angelitos negros
Es la figura simple y sencilla del negro, con el alma blanca, aquel que pintaba Antonio Machín en la canción de “Angelitos negros”, Aunque la Virgen sea blanca/ píntame angelitos negros/ que también se van al cielo/ todos los negritos buenos.


Los racimos de uvas de los parrales pendientes como farolillos de feria, y el zumbido monótono y repetitivo de las abejas que merodean por los alrededores para perforarlas y obtener el jugoso zumo que después se convertirá en la rica miel en el panal de una colmena, cuyo lugar no sé dónde se podría encontrar. 

                                           Los "gallicos" blancos arracimados de las acacias
Los “gallicos” de color rojo que extraía de la mata, para succionar el néctar delicioso que contenía, cuando me lo permitía la avispa que me atemorizaba con su aguijón si me anticipaba para quitarle el sustancioso jugo. Los minúsculos panecillos sobre las matas verdes que nos recreaban el paladar, o los gallicos blancos arracimados de las acacias, que más de un empacho gástrico me produjeron.  

                                             El zaguán de la entrada al Colegio (1946)
Aquellos momentos cuando a solas me dividía en dos, para matar el tiempo, y sobre la pared que había a la entrada del Colegio, en el zaguán, lanzaba una pelotita y me divertía jugando al frontón. Mi palma de la mano recibía la pelota y la lanzaba, cuando volvía esa misma mano ya no me correspondía sino que era la de mi compañero, el que jugaba conmigo. Unas veces ganaba y otras perdía según el fallo le correspondiera a mi compañero o a mí. Aunque, siendo sincero, siempre procuraba que ganase la mano que me correspondía. ¿Quién no ha jugado de niño, estando a solas, con otro imaginariamente? Creo que todos.
Era el mes de abril, corría el año 1956, estudiaba el curso sexto de bachiller y la época de los exámenes finales de curso se iba aproximando, así como la preparación para la Reválida de Grado Superior.  Habíamos terminado la clase de Geografía cuya profesora era la atracción de todos los estudiantes del Colegio, sobre todo los que presumíamos de pantalón largo, patillas amplias que cubrían hasta media mejilla, bigotes incipientes, y admiración por la belleza femenina.


Siempre me podré quedar corto al describir la figura de la señorita Mari Carmen, nombre con el que se identificaba. Sentíamos verdadera envidia cuando alguno de nuestros compañeros, siempre el mismo, en las horas del recreo, apoyados sobre el balaustre de ladrillos que separa el patio donde se encuentran las clases y el patio inferior, conversaban amigablemente y las risas de la profesora asentían con agrado lo que aquel compañero, de buena figura y de tupé bien engominado, le hacía las carantoñas que a todos nos sobrecogían. Hubiéramos querido estar presentes y conocer qué le decía e incluso disfrutar de la conversación, que nunca nos quiso manifestar.

                                A pesar del tiempo pasado la señorita Mari Carmen, conserva la belleza y elegancia ...
Mari Carmen, nada más entrar por el Colegio sobrecogía con su presencia, esbelta, elegante, bien vestida, cabellera rubia, de ahí el sobrenombre con el que fue bautizada “la rubia”, melena corta recogida hacía adentro, con andares pisando fuerte con sus tacones, cuando se dirigía al aula donde impartía sus clases. Los alumnos de las otras clases, por delante de las que pasaba, levantábamos  la vista del libro de estudio y disimuladamente dirigíamos  la mirada hacia la que considerábamos la reina del Colegio. Era recta, muy recta, en el trato y no permitía ninguna extravagancia por parte de los alumnos, disciplinada e imponiendo respeto y haciéndose respetar, el orden era imprescindible en sus clases, la limpieza y buena presencia eran indispensables hasta el extremo que había que asistir bien aseado e incluso con corbata.
Hasta este año solamente habíamos tenido profesores, era por tanto una gran novedad que una mujer hubiese entrado en el Colegio.  

La Geografía física y política de los Estados Unidos era el tema que en aquellos días estábamos estudiando. Eran las seis de la tarde, los sonidos rítmicos y acompasados que perfectamente le sabía imprimir el portero a la que dirigía el orden cotidiano, “la señora campana”, habían penetrado en el interior; la clase había concluido y mientras los alumnos se dirigían al comedor para recibir la merienda, unas veces, un bollo y una naranja, otras un puñado de pasas o de nueces, el que suscribe se encaminaba  a su casa situado al otro lado de la Cuesta del Chapiz, bajé las escaleras con el guardapolvos, color kakis, lanzado al viento como alas, cruce la estancia que corresponde a la portería y me encontré, con mis alpargatas, pisando la acera de la Cuesta.
                                                         La Cuesta del Chapiz
Un ruido estruendoso y repentino acompañado por una ola de calor me cubrió el cuerpo de pies a cabeza. Penetró por los dedos de mis pies y atravesando todo el cuerpo terminó sonrojando mi rostro. Por momentos me quedé impertérrito, impávido, sin poder reaccionar, como el que siente atracado por un ladrón armado, como si me hubiesen atornillado al suelo de la empedrada acera; la rigidez de la calle, por arte de magia, se convirtió en un elemento totalmente flexible como si fuera de goma de mascar, y las ondulaciones se sucedían como olas del mar. 

                                                          La calle se abrió
El edificio del Carmen de Salazar, que delimita la calle con la edificación del Colegio, se vino al encuentro de ésta como si quisiera abrazarla. Aquello duró varios  e interminables segundos, cómo para percibir con plena conciencia lo que estaba sucediendo, nunca olvidaré el pánico que me embargó.
Fueron momentos, en que aquel monstruo subterráneo, se hizo dueño de la calle y solo se escuchó  la fuerza y el poder de la Naturaleza que rugía por momentos.

                                                  Mi madre rezaba y pedía clemencia
Cuando reaccioné, y mis pies se pudieron despegar del suelo, corrí como alma que lleva el diablo y al entrar en mi casa mi madre de rodillas rezaba, pedía en voz alta clemencia y que la furia del Señor apaciguara su ira contra la maldad del mundo.

                                                         La fuerza de la Naturaleza
Intenté calmarla y explicarle que la Naturaleza tiene muchas formas de manifestarse, con temblores de tierra por asentamientos de las fallas que la forman, por tormentas, rayos, huracanes, tsunami, tornados…, y que no hay ninguna furia ni venganza contra los hombres, a pesar de mis explicaciones ella seguía rezando.
A la mañana siguiente, había muchos comentarios entre la vecindad, hubo quien sabía que aquello iba ocurrir.

                                       Juanita la del Portalón vio una bandada de pájaros desorientada
El canario que tengo en la jaula colgado en el balcón, que da a la Cuesta del Chapiz, decía Trini, la señora que vivía en el último piso del Carmen de Salazar, unas horas antes de que ocurriera éste trascendental suceso, estaba revoloteando y dando aletazos sobre los barrotes, como intentando escapar de la prisión donde se encontraba.
Juanita la del "Portalón", vio una bandada de pájaros que volaba desorientada.
Dolores, la portera del Carmen de la Victoria.
-Desde ayer y durante toda la noche y el día, sultán el perro que fielmente guarda el carmen no ha parado de lamentarse dando quejidos y lamentos, creíamos que se encontraba enfermo, pero estaba vaticinando lo que iba a ocurrir.

                                                           El Apocalipsis
Hubo comidilla para las tertulias de las vecinas que encontraron un buen motivo para ir expresando sus opiniones e incluso alguien dijo que aquello era el Apocalipsis y el fin del mundo estaba próximo. ¡Que imaginación más calenturienta! Han pasado seis décadas y el mundo sigue girando y nuestra ciudad y barrio en el mismo lugar.
Aquello fue el inicio de una cadena de terremotos que en días sucesivos se fueron manifestando con menos intensidad pero que tuvieron a la ciudad en vilo durante mucho tiempo. Las gentes en general, pero sobre todo las de las viviendas de pisos altos, montaron sus tiendas de campaña en la vega, otros en sus caravanas, hasta que con el tiempo todo se fue normalizando.

La prensa del día siguiente se despertaba lanzando a los cuatro vientos, con grandes letras de molde, el horror y destrozo en algunos pueblos de los alrededores, Albolote, principalmente. Los sismógrafos del observatorio de Cartuja, habían dejado plasmado las gráficas donde se podía comprobar la intensidad de los diversos terremotos que sucesivamente iban apareciendo.


Todas las mañanas llegaba la prensa a mi casa y podía comprobar los movimientos habidos durante la noche, mis compañeros de clase esperaban ávidos mis noticias y qué decían los sismógrafos, de tal manera que me quedé con el sobrenombre de “sismógrafo”.
El mote de “pellizas” con el que era, hasta ese momento, reconocido se cambió por éste otro.
En la década de los cincuenta, las economías domésticas no nadaban en abundancia, sino todo lo contrario, de tal manera que era muy frecuente que los hermanos pequeños heredaran la ropa de los mayores e incluso de sus padres, cuando estos tenían que abandonarla porque no se les acoplaba al cuerpo. 


Yo heredé una pelliza de mi padre que me venía un poco grande pero que en mí se cumplió perfectamente aquel refrán: “Vaya yo caliente ríase la gente”. Comprenderéis el por qué de mi sobrenombre.
Granada es una ciudad propensa  a los movimientos sísmicos.

                                                La bravura del río Darro en 1951
Del mismo modo que la tranquilidad sosegada de sus ríos Darro y Genil no hacen sospechar el desate y bravura de sus esporádicas riadas que han levantado verdaderas “ampollas” ocasionando inundaciones, levantando la bóveda donde se encuentra enclaustrado el Darro y haciendo saltar sus bloques, de maciza piedra para ir a besar las plantas de la Patrona, así también la tierra sosegada y en calma en determinados momentos suele pasar del más apacible y profundo letargo a zarandear bruscamente el reposo de sus edificios y la placidez de sus habitantes.

                                                    Terremoto de Alhama, 1884
Siempre hubo terremotos en Granada de los que tenemos conocimiento a través de la historia. El cronista Aniano cuenta que hubo un maremoto el 21 de julio del año 365, y que las olas del Mediterráneo hirvieron como en la más desecha borrasca y cómo las playas de Almuñécar y de toda la Costa de Motril quedaron en seco y cubiertas de peces.
                    
                                                       Palacio de Carlos V
El Emperador Carlos V enamorado de nuestra ciudad quiso en el año  1526 trasladar la corte a Granada y construyó el Palacio que lleva su nombre en plena Alhambra, restándole a ésta parte de su estructura arquitectónica. Siempre se han cometido, en el trascurso de los tiempos  errores, por parte de los mandatarios que han diezmado la belleza de nuestra metrópoli. Este deseo tuvo que abandonarlo, durante su estancia en el palacio ocurrieron varios terremotos produciendo tal pánico en la Emperatriz Isabel que desistió de tal empeño.

                                            El Emperador Carlos V y la Emperatriz Isabel de Portugal
La Tierra sigue temblando, en todos los lugares, quiero creer, por justificar un poco estos temblores que es demasiado joven y de vez en cuando, como le pasa a los adolescentes en su periodo de crecimiento, tienen crisis, enferman, les da fiebre, del mismo modo nuestro planeta crece por momentos se hace más adulto, con estas manifestaciones febriles que nos afectan a todos.
                                            José Medina Villalba


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