sábado, 14 de noviembre de 2015

LOS ÁRBOLES LLORAN EN OTOÑO


                                 "Lágrimas de los árboles", de diversos colores, que tapizan la tierra

Lánguidamente fueron cayendo como suspiros que se van perdiendo en el aire, cómo lágrimas de diversos colores que tapizan la tierra, como soldados que caen en el campo de batalla, rindiéndose a las fuerzas de la Naturaleza que tiene su ciclo intocable, año tras año, forzosamente tiene que cumplir.

                                              Otoño en Valparaiso
Otoños del pasado.
El Valle de Valparaiso respira por todos sitios, en cualquier estación del año, belleza a raudales. Aquellos parrales que cubrían en una larga extensión del Colegio, Casa Madre del Ave María, desde la entrada hasta la Placeta de la Capilla, donde reposan los restos del fundador, fueron cambiando el vestido verde de sus hojas que orgullosamente lucieron como pañoletas cubriendo y adornando el ramillete  de los racimos de uvas.

                                 Los parrales de la placeta de la Capilla de las Escuelas del Ave María (1930)

El verdor intenso que lucieron durante el estío, paso a paso, fue palideciendo; la parra retorcida que se agarra a la pared del huerto de Salazar con su liviano tronco, a veces despellejado en largas tiras longitudinales con las que  los niños nos hacíamos correas para sujetar el pantalón, tranquilamente va adormeciéndose y por sus vasos cada vez más lentamente sube el alimento.



Palidece la fronda, se encoje el caracolillo que forman los tiernos zarcillos del sarmiento que ricamente saboreábamos cuando los masticábamos extrayendo el jugo agridulce, y el vestido se torna amarillento para cambiar al mortecino ocre encogiendo el limbo.

                                                   Un tapiz aterciopelado cubre el suelo

Un liviano vientecillo llegado del valle acaricia las hojas que se dejan sobornar para abrazarse a esa brisa halagadora y caer como paracaídas bamboleándose hasta besar el suelo.


Un tapiz aterciopelado en tonos amarillentos, ocres, cremas y morados se extiende por el paseo central, algunas hojas dejan entrever como una radiografía el esqueleto de sus nervios.

                                     El jardinero del Colegio diariamente renueva la alfombra.

A veces gritan cuando se les pisa dejando un chasquido agradable, otras vociferan con lamentos en la marca  de nuestros pasos, otras, con plañidero clamor,  cuando no se les deja reposar asumiendo su muerte tranquilamente en el lecho que las cobija.

                                      La higueras que bordean la acequia de San Juan

Los dos nísperos y la larga hilera de higueras que bordean la acequia de S. Juan se van contagiando. El agua cristalina de la acequia que viene de la presa de Jesús del Valle ha refrescado los pies de la arboleda, durante el verano, al mismo tiempo que le ha facilitado el alimento. Ahora, ya no la necesitan, incluso hasta les molesta la frialdad del líquido elemento cuando los termómetros han bajado el mercurio a límites insospechados.

                                                   Los níspero del Colegio. (1940)

La dura hoja del níspero de color marrón intenso, se asocia a la de la higuera y hermanadas van depositándose en el firme terroso del camino. Otras, no tan afortunadas, son arrastradas por la corriente del agua de la acequia y navegando como barquichuelos a la deriva, se van perdiendo por debajo del puentecillo que separa los cármenes de Santa Isabel y Salazar.

                                                  Molino de agua de los Negros

Más abajo el Molino de los Negros, se encargará con sus rodetes en triturarlas para que sigan su camino hechas polvo.
Qué triste final de aquellas que en su día lucieron orgullosas como banderas al viento en las ramas junto al rico fruto al que acompañaron.  

                                                       Ciruelos de fraile

Aquella tarde de aquel otoño de mi infancia, tarde que parecía más invernal, no solo por  el vientecillo del valle que reinaba  a sus anchas por el sendero principal del Colegio, sino el frío que invadía el entorno hacía que los demás árboles del vivero de Fernando el jardinero, contagiaban su tristeza y comenzaban lánguidamente a desnudarse, los ciruelos de fraile con sus alargadas hojas, las de las enormes ciruelas claudias con sus hojas redondeadas, como esferas de relojes de pulsera, habían dejado de desempeñar su papel para convertirse en los cubrecamas de los pequeños rosales que, en estos momentos, les tapaban sus cuerpos.

                                                  Paseo central del Colegio

Pensar en los preludios de la muerte es triste, deprime el ánimo, produce melancolía, más no ocurre lo mismo con el otoño, como obertura transitoria de la muerte de la Naturaleza, que da paso al invierno para renacer de nuevo con la llegada de la primavera.

                                                         Valle de Valparaiso

Contemplar el Valle de Valparaiso es deleitarse en un sinfín de colores, es presenciar la mejor paleta de un pintor, es la vidriera de colores que podría encajar en el mejor ventanal ojival de una catedral gótica, o el gran rosetón que constituye la mejor filigrana que se podría colocar a la cabecera de Granada.

                                                   La mejor paleta de colores 

Se considera el otoño como una de las estaciones más lúgubres del año, llegan las lluvias, los días se acortan, la vegetación se apaga, los recuerdos tristes de los seres queridos que se fueron, aflora con los días de los difuntos, también se nos van yendo, según las estadísticas, gentes de este mundo que pasan a la eternidad, pero sin embargo sabe suavizar todo este cúmulo funesto y tétrico con la riqueza de colores que por todas partes nos circundan. Los verdes de la primavera son sustituidos por una amplia gama de ocres, amarillos, pardos, colores butanos y rojizos que hipnotizan a pintores y fotógrafos.

                                                  Las alamedas que circundan el Darro

Este Valparaiso ha cambiado totalmente el paisaje, las alamedas que circundan el Río Darro, las del Carmen de la Fuente, impregnadas de una diversidad de colores, se doblegan cuando el viento las agita y sueltan verdaderas manadas de hojas, produciendo un zumbido que más que chasquido, resulta como el mejor aplauso que la Naturaleza da en su despedida otoñal. Es como bandadas de pájaros que se trasladan buscando otros lugares en un aplauso continuo que poco a poco va disminuyendo hasta quedar en un silencio absoluto.

                                                    Los nogales del colegio (1930)

                                                     El fruto del nogal

Los dos nogales que vigilan como centinelas los mapillas del carmen de S. Juan esperan impasibles, mientras se despojan de su vestimenta; la llegada de los primeros chaveas que en la mañana lluviosa, se precipitan  para coger las nueces caídas durante la noche, algunas medio cubiertas aún con sus cáscaras verdes, otras escondidas entre las húmedas hojas empapadas por la lluvia, abatidas durante el crepúsculo.

                                              Los naranjos del gigantesco mapa en relieve

Los naranjos del gigantesco mapa en relieve con su perfume de azahar ponen su nota en el ambiente mientras el azofaifo con sus diminutas hojas desprendidas han sustituido el agua del Mar Atlántico, 

                                                     Las azofaifas

por un cúmulo de hojitas que movidas por el vientecillo han reemplazado perfectamente al oleje de un mar que ha perdido sus aguas.

                                        Las hojas caídas forman una alfombra multicolor
De otoños está llena la vida, de colores diversos que componen la escala de nuestro caminar: rojos en la juventud plena de sueños y fantasías, amarillos en los atardeceres, en el ocaso de nuestras vidas con la caída de la hojas de nuestras ilusiones, que no se pudieron hacer realidad.


Hoja encarcelada en el aire, prisión sin jaula, amarilla te quedaste cortando la cadena que te tenía prisionera te echaste a volar para cumplir un sueño que terminaría en desgracia.

                                              El jazmín del Colegio

A pesar de tanta hoja caída, en el jardín de la entrada al Colegio, el jazmín con sus pequeñas hojas verdes, permanece firme y hierático con sus delgadas ramas serpenteando el espacio y destilando la fragancia y el aroma de una colonia fabricada en el laboratorio singular de la Naturaleza, exhalando el perfume embriagador  me anima en mi caminar en el otoño de mi vida hacia el frío del invierno de mi existencia.

                                         El Río Darro con sus tintes amarillentos

Allá abajo el Río Darro con sus amarillentas alamedas que lo  guarnecen, goza de las alegres "rabonas" de los chaveas y de sus andanzas buscando cabezones portándolos en latas encontradas bajo el Tajo del Pollero. ¡Qué gratos recuerdos!

                                                    El Río no piensa que tiene que morir 

Yo en este atardecer me pregunto ¿Por qué no gozar como lo hace el Darro? Porque este río  no piensa que tiene que morir en el mar. Goza los buenos momentos que te ofrece la vida y olvida la frialdad del invierno que tendrá que llegar.
                                        
                                       José Medina Villalba

ACUARELAS DEL OTOÑO

Miguel J. Carrascosa Salas
Tiene el otoño acuarelas de fuego,
                            en tardes acariciadas por un sol en agonía
                            que enciende de rojo intenso
                            las nubes del ocaso,
                            y se acuesta sobre un mar de plata
                            que huye, espantado, de las sombras.


                                   ¡Ay, el otoño de los años que huyeron,
                            cómo ha dejado el suelo cubierto
                            de hojas marchitas, volanderas,
                            desprendidas una a una de mi árbol
                            por el viento estremecido del atardecer...!


                                   ¡Cómo quisiera retener en mis pupilas
                            las acuarelas en oro, sepia y malva
                            que el otoño va pintando,
                            con su inimitable paleta,
                            sobre los lienzos ajados de mi travesía…!

Miguel J. CARRASCOSA.
             
                                HOJA DE OTOÑO


Con tu alma de pájaro
estabas en la rama;
una envidia de vuelo
te fue poniendo pálida.

¿Por qué –te preguntabas-
van y vienen los pájaros,
cambiando nidos o ramas,
suben hasta las torres
y bajan hasta el agua…,
y yo aquí prisionera y sin jaula…?




Amarilla quedaste,
qué poco te pesaban
las alas;
ya estabas tan a punto
para emprender el vuelo…;
y, cortando el pequeño
hilo de savia que te sujetaba,
te echaste al deseado
aire de tu desgracia.

Faltó el timón de plumas,
puntas de plumas te faltaban;
y así, como un mareo
vegetal y amarillo,
fuiste cayendo a tierra,
seco sueño de vuelo,
crujiente otoño y vana
altura imaginada.


Pero no tengas pena;
también los pájaros se cansan
y, en pleno vuelo, caen;
la tierra los recibe
y entre hojas amortaja.

Pájaros y tú tenéis vuestro responso;
la tierra es quien lo canta.

Esa tierra que un día
pondrá en la misma zanja
tu palidez delgada,
las alas de los pájaros
y mis sienes amargas,
que también, en un tiempo,
quisieron tener alas.
                                   Manuel Benítez Carrasco.

LA BELLEZA DEL OTOÑO EN VALPARAISO A TRAVÉS DE LA FOTOGRAFÍA.
                                                    (Fotos)  José Medina Villalba.








































































































miércoles, 4 de noviembre de 2015

ME HAN ROBADO EL MAR

                 UNA MAÑANA  DE NIEBLA EN CASTELL

No sé si sigo dormido, estoy soñando o es pura imaginación, esta mañana me han robado el mar, me han robado todo lo que mis ojos al amanecer disfrutan contemplando:


 el cielo con su vestido azul, los pájaros que vuelan en bandadas saliendo de las dormidas de los gigantescos eucaliptos, y haciendo giros como capotazos que le dan al viento, esta mañana no los he visto; ni la paloma que como un equilibrista de circo me saluda desde la antena de TV que hay en el tejado, tampoco la he visto; 


ni los coches de las viviendas vecinas que allá abajo todas las mañanas pasan, tampoco los he visto; ni el coche del panadero que nos requiere, con el sonido de su bocina, el pan diario no lo he visto; ni el sol que me saluda jugueteando en la línea del horizonte al que le doy los buenos días, cuando me apoyo en la barandilla de mi terraza, al que quisiera tener conmigo toda la jornada pudiéndole mirar a la cara como lo hago en las alboradas, al que le mimo y acaricio y guardo gustoso en mi cámara, tampoco lo he visto. 


Ese sol que lentamente se va levantando, lo veo desperezarse, no quiere  dejar el lecho de la noche pero la fuerza de la Naturaleza le empuja para que se eleve, de la misma  forma que nosotros hacemos, nos estiramos cuando dejando la cama, ponemos los pies en el suelo de nuestro dormitorio, él los coloca en ese mar inmenso a modo de alfombra, se posa para que sus rayos, como enormes pies, se deslicen sobre él.


Esta mañana hay una lucha entre el sol y ese telón húmedo que impregna el ambiente, esa manta de gotitas invisibles que no vemos, ni tocamos, ni podemos coger, ellas sí que nos ven y nos acarician, humedecen nuestro cuerpo y dejan sobre los trapos, que la noche anterior se colocaron para que se secaran, la huella del vaho para que no se puedan enjugar.


No estoy soñando, estoy despierto y me imagino lo tristes que estarán los barquitos que a la orilla del mar no pueden salir a navegar porque esta cortina es un maldito obstáculo que se lo impide.
¿Qué será de aquel velero que todas las mañanas lo veía velas al viento navegar? Y de los pescadores toda la noche en su labor ¿Sabrán encontrar la playa donde poder desembarcar? 


Por momentos, hay una lucha encarnizada entre el sol y la manta vestida  de intenso gris, pasadas las horas y bien entrada la mañana el cielo, sin su azul, hace que la niebla se ilumine, sin que podamos ver el espacio sideral, en este ring de asalto tras asalto vence la niebla, recibe algunos leves golpes del sol, que a duras penas se quiere asomar, más el ganador de los primeros combates recibe los refuerzos que le van llegando desde el mar.


No sé exactamente por qué asalto vamos, pero si en estos momentos la lucha se diera por terminada el juez daría por vencedora a la niebla, pero la jornada es larga y el final aún no ha llegado.  


Las nubes  tiene caprichos, unos días caminan por el cielo y otros se bajan hasta el suelo quieren saber cómo somos, estar junto a nuestros cuerpos, decirnos al oído que hoy, aunque nos pese, por fuerza tenemos que ser amigos, les pasa como al querer un día quieres y quieres y otro día dejas de querer.


Las ocho de la mañana eran cuando me levanté, como todos los días, para darle la bienvenida al sol, han pasado cuatro horas y aún no lo he podido saludar, sé que está ahí arriba, porque aunque no lo vislumbro sin embargo su resplandor, sin llegar a iluminar, es la señal evidente de que está agazapado detrás  de la niebla.


Los barquitos que a la orilla están, han despertado pues los puedo contemplar, igual que las palmeras que siempre, siempre, miran al mar, e incluso algún paseante, pero el sol no se deja asomar, la cortina de bruma aún puede con él.


La lucha continúa, la niebla va perdiendo fuerzas, ve llegar su final y se va elevando, el sol la tiene cada vez más cerca y va sometiéndola a su poder y con un golpe de suerte se le va a poder ver.
Y es que el agua se pone a jugar, y se hace nube y desde arriba ve a lo niños corretear, y quiere ser como ellos y en sus entretenimientos participar, y se hace niebla para tocar la  tierra y en los juegos de los rapaces quiere competir, pero era un infante  tan grande que  no pudo intervenir, por eso se marcha triste a los cielos donde con la luna y las estrellas por las noches podrá divertirse.


Allá por la sierra de Lújar, la de las minas del Conjuro, se va yendo derrotada la que quería ser la dueña por un día, pero no pudo  porque siempre impuso su autoridad  con sus rayos el que tenía que vencer.


Hoy me he puesto mi traje gris, como el plomizo del día, pero por dentro estoy vestido de más gris todavía, gris de recuerdos y de melancolía.

                                        José Medina Villalba