domingo, 16 de agosto de 2015

APOLOGÍA A MI CANOA. UNA AVENTURA INSOSPECHADA


                                             La canoa amarilla duerme en la cochera
Más de una vez me he preguntado, pensando en mi canoa, aquella que duerme noches y días en la soledad de una cochera.
¿Soñará con el agua?
Y es que mi canoa amarilla, toda ella, se convierte en el submarino amarillo, aquella canción que cantaron los Beatles, que todos recordamos, y que ahora puedes de nuevo cantar:


Conocí, a un capitán que en su juventud vivió en el mar. Y su hogar, fue la inmersión, y amarillo él muy bien pintó. Y partir, con un soñar sumergido ir, por verde mar. Y el color de mi soñar, amarillo es y verde mar.
Estribillo. Amarillo, el submarino es, amarillo es (bis) Junto a mí, a bordo están los que al navegar, amarán.

                                      Hoy me he puesto a soñar con mi canoa amarilla
Parangonando a esta canción que tantas veces tarareé, hoy me he  puesto a soñar con mi canoa amarilla.
Y es que mi canoa amarilla vino de la Acequia Gorda para disfrutar de la playa, porque aquella acequia a cuyas orillas se crió, se le quedó pequeña y se lanzó a la aventura buscando nuevos horizontes, quiso dejar la dulzura del agua, hija del Río Genil, para probar la sal marinera del agua mediterránea.

                                                   Acequia Gorda
Ella es pequeñita, y aunque la acequia de nombre Gorda se le quedó delgada, por esto se fue a la aventura, buscando  donde huele a marisma la boca y sabe a sal la palabra.

                                       Casa de deportes de aventuras junto a la Acequia Gorda
Fue una noche de Reyes cuando la compré, en una casa de aventuras y riesgos, a la orilla de la acequia, de ese reguero moruno, que lo construyeron los mismos que hicieron la sultana Alhambra.
El traslado de la ciudad a la playa fue apoteósico por la expectación que se montó alrededor de la protagonista.

                                         Mi amigo, el pintor, Vicente Arroyo Valero
En el techo del coche de mi amigo Vicente, bien atada y prieta, llevando como cola de bata un gran lazo rojo, que enarbolaba al viento, y orgullosa decirle, a todos los que a su lado pasaban, por aquí va mi reina.

                                     Transportando la canoa desde la Acequia Gorda a la playa

Mi canoa es delgada, estrecha de caderas, con la esbeltez propia de la mujer albaicinera. ¡Qué orgullosa y gallarda iba por la carretera!
Marchaba cortando con su quilla el viento y eso que aún no se había introducido en el mar que es su medio.


Era día de Reyes de diversión y esparcimiento, cuando se ven cumplidas las ilusiones de chicos y mayores, colmándose de regalos, los que los Magos han ido dejando. Este fue nuestro obsequio que los del Oriente nos dejaron.

                                            Todos acompañando a la canoa
Toda mi familia, hijos y nietos con ella fuimos para que cambiara de aires, de los serranos de Sierra Nevada, que saben mucho de nieve, a los marineros que también saben y mucho a marisma y sal.
Aunque era pleno invierno y el agua marinera estaba luciendo su vestido de intenso frío, no fue óbice ni cortapisa para que, mi hijo Francis y nietos, tomaran posesión del nuevo terreno, que dejó de ser tierra para convertirse en líquido elemento.

                                                       Francis y Antonio intentando navegar
Cuando mi canoa toda arrogante y vanidosa se lanzó al mar, metió el pecho, hundió su débil casco y se enjoyó de espuma blanca.


Hubo un momento de desasosiego e inquietud porque todos intentaron subirse, pero hubo que hacerlo por turnos, poco a poco, porque mi canoa como mujer albaicinera, es presumida y guapa por lo que hay que tratarla con mimo y delicadeza.
Mil aventuras ha vivido mi canoa desde aquel día en que se fue a vivir a la playa.
¡Una reina no sería tan reina como mi canoa!


Es desprendida y generosa, y de ella ha disfrutado toda la grey infantil, que por aquellos lares se regodea, subiéndose a ella para darse un paseo al ritmo que le marcan las palas de los remeros que la empujan, como si fuesen las alas de las gaviotas que en su entorno vuelan.


Las gaviotas, ¡qué tontas! Dan vueltas sobre ella diciéndole no presumas porque tienes remos que te empujan, donde se pongan las plumas de una gaviota de nada sirven los remos de una canoa.


Pero mi canoa las oye como…, como si no las oyera, porque ella dice para sus adentros palabras de gaviota, es aire en el aire, que se lleva el viento, a mí me van a venir éstas con malas intenciones, como si yo no quisiera alzar el vuelo hasta las estrellas.


Un día mi hijo Francis y mi nieto Antonio quisieron probar fortuna con mi canoa, y una mañana bien temprano, salieron de Castel de Ferro, cuando aún las sombrillas  de los veraneantes no habían  ocupado sus puestos, la playa estaba prácticamente desierta, solamente un vecino los vio partir.


La mar estaba en calma, tal cual una pista de patinaje, como un espejo reluciente, el sol comenzaba a asomarse lentamente intentando saltar la línea del horizonte, las sombras intensas de los dos arrogantes exploradores se cernían sobre las tranquilas aguas.
 La canoa comenzó a deslizarse como el patinador que mueve sus patines sobre la pista de hielo; la cristalina superficie de espejo y plata no solo no ofrecía resistencia sino que ayudaba para que resbalase más fácilmente. 

                                         Playa de la Rijana en Castell de Ferro
Todo eran alegrías de los dos atrevidos e intrépidos marinos que, ufanos y aventureros, con leves empujones de las palas conseguían avanzar contentos, de este modo y sin apenas darse cuenta llegaron a la recoleta playa de la Rijana, pero a estos descubridores de mares y tierras nuevas les pareció corta su aventura y siguieron navegando hasta llegar a Calahonda.

                                                    Playa de Calahonda. Granada

Todo, hasta ahora, fue miel sobre hojuelas. Ni fatiga, ni cansancio, solo la emoción del espacio recorrido, en una mañana templada y con un sol a las espaldas que brillaba sobre el agua.
Habían pasado unas horas y después de un breve descanso había que reemprender el camino recorrido, había que volver al punto de partida.


 A veces no pensamos que el mar tiene sus caprichos, no tan afortunados con nuestros pensamientos; ciertamente tiene sus encantos, pero a veces nos juega  malas pasadas y he aquí que aquella mañana nos quiso jugar una de ellas.

                                    Mi canoa estaba  acostumbrada a saltos y barranqueras

El viento, que es un aliado del mar, comenzó a acariciar su superficie, como el enamorado que arrulla a su amada, y ésta comenzó a sentirse ufana y alegre y se le fueron rizando los cabellos en espumas blancas, fue un comienzo de danza, suave como el principio  de un val, pero después más intenso, mi canoa comenzó a inquietarse, pero más aún los dos intrépidos marinos, porque ella ha estado acostumbrada, antes de ir a la playa, a dejarse caer por saltos y barranqueras.



Los "canonistas" por más fuerzas que hacían imprimiéndole a los remos todas el coraje  del alma, aquello se les resistía y apenas si avanzaban.
El embrujo de aquel baile, baile del viento con la canoa, baile del remo con el agua, baile de la mañana y el pez, baile del sol y la sal y baile de las palas con las espumas y las olas, todos, todos,  contra mi canoa.


Fue una vuelta dura, mi canoa hasta cambió de color, según los ocupantes, que hasta la visión se les había perturbado, pero mucho más éstos, que el blancor de sus rostros no dejaba aflorar el rubor de sus miedos.


Al llegar al punto de partida, las gentes de la playa de Castell, inquietos y temerosos los esperaban y aquel que los vio partir aquella tranquila mañana, igual que Rodrigo de Triana gritó al descubrir el Nuevo Mundo, ¡tierra a la vista! se convirtió en ¡canoa a la vista! 


Los dos remeros exhaustos tirados en la playa, rodeados de gente ,daban gracias al cielo por haber vuelto; todo se rubricaba con un fuerte aplauso de los veraneantes.

                                                Permanece encadenada en la cochera
Desde entonces poco ha salido a navegar, permanece esclavizada y encadenada en el amarre de la cochera, con la mirada triste por no poder salir a navegar.


Cuando paso por su lado la miro compasivo, y aunque ella no me entiende, le digo: ¡bonita! Aunque te tienen prisionera, no hay en la playa canoa con más salero.


Por ella mueren de envidia nubes, espumas, cielos; por ella mueren de celos todas las canoas de Castell de Ferro.

                                               De vuelta de la aventura
Aquella aventura, que tuvo un buen final había que celebrarla y reunidos en el restaurante "La Brisa", en la plaza del pueblo, regentado por Antonio, su propietario, hombre agradable y simpático, que se encasquilla algo hablando, pero que no le resta para ofrecer el mejor pescado a sus clientes, nos tomamos toda la familia una gran parrillada.
                           
                                    Celebración en el restaurante "La Brisa", en Castell de Ferro

Como todos los cuentos comienzan con: Érase una vez..., y el final con un colorín colorado,...,hoy este relato,  que no fue un cuento sino una realidad, echamos el telón diciendo: colorín, colorado esta aventura se ha acabado.

                                        José Medina Villalba









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